08.1 De Sagunto a Cannas
El asedio y la toma de Sagunto por parte de Aníbal en el 219 a.C. no fue un hecho aislado, sino la chispa que prendió la llama de un conflicto largamente larvado. Tanto Roma como Cartago, tras la Primera Guerra Púnica, se habían estado preparando para un nuevo enfrentamiento, conscientes de que la paz firmada era solo una tregua temporal. Sagunto fue la excusa, el «casus belli» perfecto, pero la realidad era que ambas potencias llevaban años armándose hasta los dientes, expandiendo sus áreas de influencia y buscando el momento propicio para asestar el golpe definitivo. La situación de Sagunto era, cuando menos, peculiar. La ciudad, situada al sur del Ebro, estaba claramente dentro de la esfera de influencia cartaginesa, tal y como se había establecido en el Tratado del Ebro. Sin embargo, Roma, en un movimiento de dudosa lógica, había firmado un acuerdo de protección con la ciudad. Para entenderlo, imaginemos por un momento que, por ejemplo, Cataluña tuviera un acuerdo de protección con Rusia; absurdo, ¿verdad? Pues así eran las cosas en la antigüedad, y por lo que parece, también hoy en día.
Aníbal, con una audacia que asombró al mundo antiguo, decidió llevar la guerra a territorio enemigo. En el 218 a.C., con un ejército que incluía elefantes de guerra, cruzó primero los Pirineos y luego, en una hazaña logística y militar sin precedentes, los Alpes, adentrándose en Italia. Las victorias cartaginesas en Trebia, el lago Trasimeno y, sobre todo, en Cannas (216 a.C.) pusieron a Roma contra las cuerdas. La batalla de Cannas, en particular, se convirtió en un ejemplo clásico de táctica militar, estudiado incluso hoy en día en las academias militares, donde todavía hace que a más de un general se le acelere el pulso. Aníbal, con un ejército inferior en número, logró envolver y aniquilar por completo a un ejército romano que lo doblaba en tropas, mediante una magistral maniobra de doble envolvimiento. Una lección de estrategia que todavía excita la testosterona de los estrategas militares. Parecía que la República estaba al borde del colapso.
08.2 Cambio de Tornas
Sin embargo, los romanos, demostrando una tenacidad y una capacidad de recuperación asombrosas, cambiaron de estrategia. En lugar de enfrentarse directamente a Aníbal en Italia, donde se había demostrado invencible, decidieron atacar sus bases en Hispania, con el doble objetivo de cortar sus líneas de suministro y privarle de los recursos y refuerzos que tanto necesitaba.
En Hispania, la llegada de las legiones romanas fue vista por muchas tribus como una oportunidad para liberarse del yugo cartaginés. Ilusos ellos, pensaban que cambiaban un amo por otro más benévolo. La realidad, como pronto descubrirían, era mucho más cruda. Los romanos no tenían intención de liberar a nadie, sino de conquistar y someter. El cambio de yugo sería, en muchos casos, para peor.
Publio Cornelio Escipión, y posteriormente su hijo, apodado posteriormente «El Africano», demostró ser un estratega brillante. Conquistó importantes plazas como Tarraco, y en el 209 a.C. en una audaz operación tomó Cartagena, la principal base cartaginesa en la península.
La hazaña de Escipión fue posible gracias a un profundo conocimiento del terreno y a la información proporcionada por guías locales. Cartagena estaba protegida por el mar y por una laguna (marismas) que la hacían prácticamente inexpugnable. Sin embargo, Escipión descubrió que, durante la marea baja, la laguna era vadeable en ciertos puntos. Aprovechando este hecho, y con la complicidad de la noche, las tropas romanas cruzaron la laguna y escalaron las murallas, tomando la ciudad por sorpresa. La caída de Cartagena fue un golpe devastador para Aníbal, ya que no solo le privó de un puerto crucial y de las ricas minas de plata de la región, sino que también le cortó una de las principales vías de suministro desde Hispania. Desde entonces, Aníbal se encontró cada vez más aislado en Italia, sin posibilidad de recibir refuerzos ni recursos desde su retaguardia hispana. La estrategia de Escipión fue un movimiento maestro que, a la postre, cambiaría el rumbo de la guerra.
La Segunda Guerra Púnica terminó con la derrota definitiva de Aníbal en la batalla de Zama (202 a.C.) en el norte de África, y la firma de una paz humillante para Cartago. Pero Roma no se conformó con la victoria. En un acto de brutalidad extrema, y en lo que podría considerarse uno de los primeros genocidios documentados de la historia, Roma decidió borrar a Cartago de la faz de la tierra. En el 146 a.C., tras un asedio de tres años, la ciudad fue arrasada y su población exterminada o esclavizada. La crueldad romana no tuvo límites, en un macabro presagio de lo que serían capaces de hacer en el futuro con otros pueblos que se resistieran a su dominio.
Tras la destrucción de Cartago, Roma decidió que había llegado el momento de consolidar su control sobre Hispania. Ya no había un rival que les disputara la península, pero eso no significaba que la conquista fuera a ser fácil. Los romanos se encontraron con una feroz resistencia por parte de las tribus hispanas, que no estaban dispuestas a aceptar a un nuevo amo extranjero, que, a diferencia de los cartagineses, venía para quedarse indefinidamente. Pero claro, los romanos no habían contado con la opinión de los hispanos. La conquista romana de Hispania sería un proceso largo, sangriento y lleno de dificultades, pero esa, amigos lectores, es otra historia.
