09.1 Hispania Citerior y Ulterior
Tras la expulsión de los cartagineses, Roma se encontró con un vasto y rico territorio en sus manos, el primero fuera de la península itálica conquistado por las armas. Sin calentarse mucho la cabeza, los senadores romanos dividieron Hispania en dos provincias en el 197 a.C.: la Citerior, que abarcaba la costa este y el valle del Ebro, y la Ulterior, que comprendía el sur y el valle del Guadalquivir. Esta división administrativa, más que a criterios geográficos o culturales, respondía a la lógica de la conquista y el control militar. Además, hay que considerar que Roma, en su afán por controlar todo el Mediterráneo occidental, necesitaba imperiosamente dominar Hispania, eliminando a Cartago como rival y asegurando las rutas comerciales. No en vano, Hispania iba a ser la región que, durante más tiempo, iba a estar bajo la influencia de la romanización, dejando una profunda huella en su cultura, lengua y forma de vida.

09.2 «La Conquista del oeste» Hispano
El avance romano por la península ibérica recuerda, en ciertos aspectos, a la conquista del Oeste americano. Tribus indígenas que defendían su territorio y su forma de vida, un ejército invasor con la misión de someter y explotar, y una frontera que se iba desplazando a sangre y fuego. Las fértiles tierras de los valles del Ebro y del Guadalquivir, eran un bocado demasiado apetecible para los conquistadores, pero también eran objeto de rapiña por parte de las tribus del interior, que veían en las ricas cosechas y el ganado una fuente de botín fácil. La resistencia hispana no fue un frente unido, cada tribu o confederación tribal, tenía sus propios intereses y estrategias. Algunas, como los lusitanos, se especializaron en la guerra de guerrillas, emboscando a las legiones romanas en terrenos montañosos y de difícil acceso. Otras, como los celtíberos, preferían la defensa de sus ciudades fortificadas, como la icónica Numancia. Y, finalmente, hubo tribus que optaron por la negociación, o incluso por la alianza temporal con Roma, buscando obtener ventajas frente a sus vecinos.
09.3 La felonía romana
La conquista romana no se caracterizó precisamente por su juego limpio. Los romanos, pragmáticos como siempre, no dudaban en firmar acuerdos con las tribus hispanas para luego romperlos cuando les convenía. La famosa frase «Roma no paga a traidores», que se atribuye erróneamente al asesinato de Viriato, refleja en realidad una política habitual: la de utilizar la traición y el engaño como armas de conquista.
Un ejemplo paradigmático de esta felonía fue la masacre perpetrada por el pretor Servio Sulpicio Galba en el 150 a.C. Galba, con el pretexto de un reparto de tierras, atrajo a miles de lusitanos desarmados, incluyendo mujeres y niños, para luego ordenar su exterminio. Solo unos pocos lograron escapar, entre ellos un joven pastor llamado Viriato, cuyo nombre se convertiría en sinónimo de resistencia. Se estima que la conquista tuvo un impacto brutal en la población hispana, con miles de muertos en combate, masacres como la de Galba, y un número indeterminado, pero sin duda, igualmente elevado, de personas esclavizadas.
09.4 Numancia: símbolo de resistencia
La ciudad celtíbera de Numancia se ha convertido en un símbolo de la resistencia hispana frente a Roma. Situada en la actual provincia de Soria, Numancia se interponía en el avance romano hacia el interior de la Meseta. Los relatos tradicionales hablan de una ciudad que prefirió el suicidio colectivo antes que rendirse al invasor. Sin embargo, la arqueología y una lectura crítica de las fuentes sugieren una realidad menos romántica.
Lo que sí está claro es que Numancia resistió durante más de 20 años (154-133 a.C.) los embates de varios ejércitos romanos. Hasta cinco generales fracasaron en su intento de tomar la ciudad, lo que da una idea de la tenacidad de sus defensores y de la dificultad del terreno. Finalmente, en el 134 a.C., el Senado romano, harto de la sangría que suponía Numancia, envió a su mejor general, Publio Cornelio Escipión Emiliano, el destructor de Cartago, al mando de un poderoso ejército. Escipión, consciente de que no podía tomar la ciudad al asalto, optó por un asedio total. Construyó un impresionante cerco de 9 kilómetros alrededor de Numancia, con siete campamentos, fosos, empalizadas y torres de vigilancia, aislando a la ciudad del exterior.
Tras casi un año de asedio, sin posibilidad de recibir ayuda ni suministros, Numancia se rindió en el 133 a.C., agotada por el hambre y las enfermedades. Es probable que, tras la rendición, muchos de sus habitantes fueran ejecutados o vendidos como esclavos, como era habitual en la época. Si bien la gesta de Numancia no se puede minimizar, la falta de evidencias arqueológicas y documentales no acreditan la leyenda del suicidio.
Es importante destacar que la conquista de la mayor parte de la península ibérica (exceptuando la cornisa cantábrica) les llevó a los romanos unos 70 años, desde la expulsión definitiva de los cartagineses en el 206 a.C. hasta el sometimiento de Numancia en el 133 a.C., que se dice pronto, pero que da una idea de la tenacidad de la resistencia hispana. Anteriormente, durante la Segunda Guerra Púnica, el enfrentamiento en Hispania fue entre romanos y cartagineses, con las tribus hispanas apoyando a uno u otro bando. Pero es a partir de la derrota de Cartago cuando comienza la conquista romana propiamente dicha.
El periodo comprendido entre el desembarco romano en Hispania y la caída de Numancia fue una época de conquista brutal, resistencia heroica y profundas transformaciones. Las cicatrices de este periodo, tanto físicas como culturales, marcarían para siempre la historia de Hispania. La división provincial, la fundación de ciudades y la construcción de infraestructuras, aunque importantes, palidecen ante el inmenso coste humano que supuso la «paz romana”, la paz de los cementerios, para los pueblos hispanos: vidas, libertad y recursos fueron sacrificados en el altar del expansionismo romano.
Resulta cuando menos curioso que ningún líder político haya exigido a Italia que pida perdón por las atrocidades cometidas y el expolio realizado, no solo en Hispania, sino en todos los territorios conquistados por Roma, incluyendo el genocidio cartaginés, tal y como algunos exigen a España por su pasada época imperial que no fue, ni de lejos, tan cruel y salvaje como las cometidas durante la época imperial romana.

