10.1 El contexto
¿Aburridos de la política de hoy en día? ¿Cansados de los mismos discursos de siempre? Pues bienvenidos a la Hispania del siglo I a.C., donde un tipo con un parche en el ojo y una cierva blanca como consejera puso patas arriba a la todopoderosa Roma. ¡Agarraos que vienen curvas!
Nuestra historia comienza con las guerras civiles romanas, un auténtico culebrón político con dos bandos enfrentados: los optímates, que vendrían a ser la «derecha» de la época, defendiendo los intereses de la élite, y los populares, más cercanos al «pueblo llano» (aunque con matices, claro). Imaginad un partido político que solo se preocupa por los ricos y poderosos, mientras que el otro intenta (al menos de boquilla) mejorar la vida de la gente corriente. ¿Os suena de algo?
En este contexto surge la figura de Sila, un general que, aunque en teoría del bando de los optímates, se convirtió en dictador en el año 82 a.C. y no dudó en eliminar a sus oponentes sin piedad. ¡Un auténtico precursor de los autócratas modernos! Y es precisamente en este año, con Sila en el poder, cuando Quinto Sertorio llega a Hispania huyendo de la persecución de los silanos.1Los «silanos» eran los partidarios de Sila, que tras su victoria en la guerra civil se hicieron con el poder en Roma. Eran, por así decirlo, el partido del gobierno en aquella época.No llega con un gran ejército, sino con un pequeño grupo de seguidores. Había sido enviado previamente a Hispania como gobernador, pero al ser partidario de los populares, Sila lo declaró enemigo público.
10.2 Sertorio en Hispania
Sertorio no era un cualquiera: inteligente, carismático y con una habilidad innata para la estrategia, supo ganarse el apoyo de los hispanos, hartos del dominio romano. Al principio, muchos caudillos locales lo apoyaron no solo por oposición a Roma, sino también por sus propios intereses. Algunos buscaban protección frente a tribus rivales, otros veían en Sertorio la oportunidad de aumentar su poder e influencia. Sertorio supo aprovechar esas rivalidades y tejer una red de alianzas que le permitió consolidar su posición en la península.
¿Su secreto? Además de su talento militar, Sertorio era un maestro de la propaganda. Se inventó que una cierva blanca le hablaba y le transmitía los designios de los dioses. ¡Una forma sutil de hacer creer a la gente que tenía poderes sobrenaturales! No sé a vosotros, pero a mí me recuerda a ciertos líderes religiosos que dicen tener línea directa con el Altísimo…
Sertorio no se limitó a dar la brasa a los romanos. ¡No, señor! Creó un Senado en Hispania, concretamente en la ciudad de Osca (actual Huesca), un gobierno paralelo con el que intentó establecer un nuevo orden. Y para ganarse a los jefes locales, no se le ocurrió otra cosa que educar a sus hijos en la cultura romana, fundando una escuela en Osca. ¡Eso sí que es diplomacia! Aunque claro, de paso, los tenía como rehenes por si las cosas se ponían feas…
Pero como en toda buena historia, la tragedia no podía faltar. Perpenna, uno de sus hombres de confianza, lo asesinó durante un banquete en el año 72 a.C.. ¡Menuda puñalada trapera! 2Esa tradición, tan del gusto de los cultos romanos, de apuñalar por la espalda.Con la muerte de Sertorio, la resistencia en Hispania se desmoronó y Pompeyo, el rival de Sertorio, se hizo con el control de la península.
10.3 Pompeyo toma el control
Tras la muerte de Sertorio, Pompeyo no perdió el tiempo, fue el encargado de pacificar la región y reorganizarla. Aunque no era gobernador de Hispania, actuó con gran autonomía, tomando decisiones importantes y estableciendo alianzas con los líderes locales.
Con su habitual astucia, supo ganarse la confianza de muchas tribus hispanas que antes habían apoyado a Sertorio. ¿Cómo lo hizo? Pues con una combinación de mano dura y diplomacia. Por un lado, no dudó en reprimir con dureza cualquier foco de resistencia. Por otro, supo ofrecer concesiones y privilegios a aquellos jefes que se sometían a su autoridad. A diferencia de otros generales romanos, Pompeyo a veces optaba por la clemencia, liberando a los caudillos vencidos en lugar de ejecutarlos. Esta estrategia, inusual para la época, le granjeó la admiración de muchos jefes tribales, que vieron en él a un líder justo y honorable. ¡Un auténtico maestro de la «zanahoria y el palo”! Así que, aunque no tuviera un cargo oficial, Pompeyo fue, de facto, el hombre fuerte de Hispania durante un tiempo.
Pero, en realidad, sin la traición de Perpenna, quién sabe cómo habría terminado la guerra. Sertorio era un estratega brillante y conocía bien el terreno hispano. Pompeyo lo pasó bastante mal enfrentándose a él, e incluso sufrió alguna que otra derrota humillante.
De hecho, se dice que Pompeyo estaba tan frustrado por la resistencia de Sertorio que llegó a exclamar: «¡Maldito viejo! ¿Cuándo dejarás de aparecerte en todas partes como si fueras un genio maligno?».
Al final, Pompeyo tuvo más suerte que talento. La traición de Perpenna le sirvió la victoria en bandeja de plata. ¡Así es la historia, llena de giros inesperados y personajes sin escrúpulos!
Pompeyo regresó a Roma en el año 71 a.C., tras haber sofocado la rebelión de Sertorio y pacificado Hispania. Imagina la escena: Pompeyo entrando en la ciudad a la cabeza de sus legiones, aclamado por la multitud como un libertador. ¡Menudo subidón de ego! Para colmo, el Senado le concedió un triunfo, un desfile militar por todo lo alto con carrozas, botín de guerra y prisioneros encadenados. ¡Casi nada!
Este regreso triunfal marcó un punto de inflexión en la carrera de Pompeyo. Se convirtió en uno de los hombres más poderosos de Roma, con una popularidad que ya quisieran para sí muchos políticos de hoy en día.
Pero claro, tanta gloria también tenía su lado oscuro. El éxito de Pompeyo despertó recelos entre la élite romana, que veían en él una amenaza para sus propios intereses. Y como suele pasar en estos casos, la envidia y la ambición acabarían conduciendo a nuevos conflictos… ¡Pero esa es otra historia!
Notas
- 1Los «silanos» eran los partidarios de Sila, que tras su victoria en la guerra civil se hicieron con el poder en Roma. Eran, por así decirlo, el partido del gobierno en aquella época.
- 2Esa tradición, tan del gusto de los cultos romanos, de apuñalar por la espalda.
