11.1 De Hispania a Roma
Recordáis a Pompeyo, ¿verdad? Ese general que se paseó por Hispania como Pedro por su casa, sometiendo a los rebeldes y haciéndose amigo de los «indígenas». Pues bien, nuestro amigo Pompeyo, tras su éxito en la península, volvió a Roma convertido en un héroe. Pero claro, tanta gloria a veces se sube a la cabeza…
Y es aquí donde entra en escena Julio César, un tipo ambicioso, con una inteligencia privilegiada. César, que por aquel entonces era gobernador de las Galias, veía con recelo el creciente poder de Pompeyo. La tensión entre ambos fue en aumento, hasta que en el año 49 a.C., César cruzó el río Rubicón con sus legiones, desafiando al Senado. ¡Imaginad a un político cruzando un río con sus tropas y diciendo «a por ellos, oe!»? Pues eso hizo César, pronunciando la famosa frase «alea jacta est» (¡la suerte está echada!). Y vaya si la echó…
11.2 La batalla de Ilerda
La guerra civil entre César y Pompeyo estaba servida. Y como no podía ser de otra manera, Hispania se convirtió en uno de los escenarios principales del conflicto. Pompeyo, que contaba con el apoyo de muchos hispanorromanos (sí, ya podemos llamarlos así), se atrincheró en la ciudad de Ilerda (actual Lleida). Este sería el primer enfrentamiento armado entre ambos generales, ya que Pompeyo había huido de Roma ante el avance de César.
César, con menos tropas pero con más astucia, logró vencer a las fuerzas pompeyanas en una batalla épica. ¿Cómo lo hizo? Pues con una combinación de estrategia, logística y psicología. Por un lado, César supo aprovechar el terreno y cortar las líneas de suministro de Pompeyo, dejándolo sin víveres. Para ello, construyó un puente sobre el río Sicoris, asegurando así el suministro de sus propias tropas y dificultando el abastecimiento del enemigo. ¡Ingenioso, ¿verdad?!
Por otro, mantuvo la moral de sus tropas alta, a pesar de estar en inferioridad numérica. ¿Cómo lo hizo? Pues con una combinación de liderazgo, propaganda y recompensas. César era un maestro en el arte de la oratoria y sabía cómo motivar a sus soldados. Les hacía sentir parte de una causa noble y les prometía gloria y riquezas si salían victoriosos. Además, César se preocupaba por el bienestar de sus hombres y se aseguraba de que tuvieran lo necesario para luchar. Y cuando la situación se ponía difícil, no dudaba en ponerse al frente de las tropas, demostrando su valentía y su confianza en la victoria. ¡Un auténtico líder!
Y para rematar, utilizó tácticas de distracción y engaño que desmoralizaron al enemigo. Su caballería, por ejemplo, hostigaba constantemente a las tropas pompeyanas, realizando incursiones rápidas y ataques sorpresa que les impedían descansar y mermaban su moral. ¡Un auténtico quebradero de cabeza para Pompeyo!
11.3 La persecución por el Mediterráneo
Tras la victoria en Ilerda, César no se conformó con quedarse en Hispania. ¡No, señor! Se lanzó a la caza de Pompeyo por todo el Mediterráneo. La persecución llevó a ambos generales a Grecia, donde se enfrentaron en la batalla de Farsalia (48 a.C.). César, una vez más, demostró su superioridad militar y derrotó a Pompeyo.
Pompeyo, huyendo de César, acabó en Egipto, donde fue asesinado a traición. ¡Menudo final para un general tan importante! Y es que en la «civilizada» Roma, el asesinato a traición era una práctica habitual. Ya lo vimos con Sertorio, y Pompeyo no sería la última víctima de esta «noble» tradición. ¡Qué barbaridad!
Curiosamente, a César no le hizo ninguna gracia la forma en que Pompeyo fue asesinado. A pesar de ser enemigos, César se mostró indignado por la traición. ¿Sería una premonición de su propio destino? Recordemos que César también sería asesinado a traición años más tarde. ¡Qué cosas tiene la vida!
Y por si fuera poco, César, que llegó a Egipto persiguiendo a su rival, se enamoró perdidamente de Cleopatra. ¡Así es la vida, llena de sorpresas!
11.4 César en Hispania
Aunque Pompeyo había muerto, la guerra no había terminado. Sus hijos, Cneo Pompeyo el Joven y Sexto Pompeyo, continuaron la lucha en Hispania, con el apoyo de muchas tribus hispanas que se mantuvieron fieles a la causa pompeyana. ¡Qué leales! (o quizá, ¡qué cabezotas!)
César, que ya debía de estar harto de tanto viaje, tuvo que volver a la península para acabar con la resistencia. La batalla final tuvo lugar en Munda, un lugar misterioso que aún hoy en día no se ha podido ubicar con exactitud. Se cree que estaba en algún lugar del sur de Hispania, entre las actuales provincias de Córdoba, Sevilla y Málaga. ¡A ver si algún arqueólogo avispado encuentra la Munda «auténtica» y nos saca de dudas!
En la batalla de Munda (45 a.C.), César se enfrentó a los hijos de Pompeyo y a sus aliados hispanos. Fue una batalla durísima, donde César estuvo a punto de morder el polvo. Se dice que incluso tuvo que luchar en primera línea para animar a sus tropas. ¡Menudo carácter! Al final, César se alzó con la victoria, pero a un alto coste. La batalla de Munda fue la última gran batalla de César, y una de las más sangrientas.
Y aunque César no era precisamente un alma cándida, parece que no se ensañó con las tribus hispanas que habían apoyado a los pompeyanos. Castigó a algunas ciudades rebeldes, pero también supo reconciliar a otras y ofrecer concesiones a aquellos que se sometieron a su autoridad. Al fin y al cabo, César era un político pragmático y sabía que necesitaba la estabilidad en Hispania para consolidar su poder en Roma. ¡No se puede ir por ahí haciendo enemigos a diestro y siniestro!.
Tras la victoria en Munda, César regresó a Roma como vencedor absoluto. Era el amo y señor de la República. Pero su reinado sería corto. En el año 44 a.C., un grupo de senadores, liderados por Bruto y Casio, lo asesinaron en el Senado. ¡Menuda puñalada trapera! César, que se creía invencible, cayó víctima de la traición. Y con su muerte, se cerró una etapa de la historia de Roma.
11.5 Augusto: la «paz» de los cementerios
Con César fuera de juego, su sobrino-nieto Octavio (más tarde conocido como Augusto) tomó las riendas del poder. Augusto, a diferencia de su tío abuelo, no era un gran general. Más bien era un oficinista bajito y enfermizo. Pero tenía ambición y quería dejar su propia huella en la historia. Y ya que no podía igualar a César en el campo de batalla, ¡decidió superarlo en el calendario!
Resulta que Julio César, en su afán de grandeza, había añadido un día al mes de julio (que, casualmente, llevaba su nombre). Augusto, no queriendo ser menos, hizo lo mismo con el mes de agosto. Pero claro, como agosto solo tenía 30 días, tuvo que robarle uno a febrero. ¡Pobre febrero, siempre el último mono! Así que ya sabéis, si febrero tiene solo 28 días, es culpa de Augusto y su complejo de inferioridad.
Pero volvamos a la conquista de Hispania. Augusto, decidido a completar la obra de César, se propuso someter a las tribus del norte que aún resistían: cántabros y astures. Estos pueblos, aguerridos y conocedores del terreno, plantaron cara a las legiones romanas con una fiereza que sorprendió al mismísimo Augusto.
Estrabón, un historiador de la época, describió la bravura de los cántabros, diciendo que eran «los más difíciles de vencer de todos los pueblos de Hispania». Incluso menciona que «cantaban himnos de victoria cuando eran crucificados». ¡Imaginad el nivel de tozudez!
Pero al final, la superioridad romana se impuso. Y como suele pasar en estos casos, la «paz» llegó a costa de la exterminación de los nativos. Roma impuso la paz de los cementerios.
