06.1 Un imperio forjado en el comercio
Cartago no surgió de la nada. Era una ciudad fenicia más, pero con una ambición desmedida y un don para los negocios que ya quisieran para sí los actuales tiburones de Wall Street. Cuando Tiro, la gran capital fenicia, cayó en manos de los babilonios, Cartago aprovechó la oportunidad para tomar las riendas del comercio mediterráneo. No es que crearan un imperio desde cero, sino que lideraron las rutas y los centros comerciales que ya habían establecido los fenicios, ampliándolos y consolidándolos. ¡Un relevo generacional en toda regla!
Aclaremos el origen del término «púnico». Es lo que usaban griegos y romanos para referirse a los cartagineses, y viene de la palabra latina «Punicus», que a su vez deriva del griego «Phoinix», que significa «fenicio». Pero aún hay más. «Phoinix» también se usaba para referirse a un color: la púrpura, ese tinte rojizo-violáceo que se extraía de un molusco y que era muy apreciado en la antigüedad. Los fenicios eran maestros en la producción de este tinte, y de ahí les viene el nombre. ¡Un color con mucha historia!
Hablemos ahora de política. Cartago no era una monarquía como las que abundaban en la época. Tenían un sistema peculiar, una especie de «república oligárquica» 1Sistema de gobierno que, si bien mantiene la forma y las instituciones de una república, en la práctica el poder político y económico está concentrado en manos de una pequeña élite o grupo privilegiado. con un Senado y dos sufes (magistrados) elegidos anualmente. Curiosamente, un modelo similar al de Roma, su gran rival.
La Asamblea, por su parte, representaba al pueblo y en sus inicios tenía un mero papel de comparsa. No obstante, los reveses de las Guerras Púnicas causaron una evolución hacía un modelo más populista en donde la Asamblea fue adquiriendo más poderes frente al Senado y los Jueces. Ya sabemos que cuando hay problemas los modelos, más o menos democráticos, suelen abrazar los extremismos y populismos. Esta evolución se produce, precisamente, en los lapsos de tregua que existen entre las Guerras Púnicas, sin que el conflicto estuviera resuelto, ni mucho menos. No se debería pensar que el ascenso del populismo fuera la razón de la derrota final, y literal exterminación de Cartago pero, el perspicaz lector, puede hacer las conjeturas que le parezcan oportunas.
Y aunque no era una democracia como la entendemos hoy en día –recordemos que hasta hace poco solo votaban los varones con propiedades–, sentó las bases de este sistema que tanto nos gusta (o eso decimos).
Pero volvamos al Mediterráneo. Por aquel entonces, las disputas por el control de la región se concentraban entre los cartagineses y las polis griegas (Roma comenzaba a despuntar, pero aún no era una potencia), especialmente en torno a Sicilia, Córcega y Cerdeña. Cuando los romanos comenzaron su expansión, las polis griegas fueron de las primeras en sufrir las consecuencias y, a mediados del siglo III a.C., acabaron controlando la Magna Grecia (es decir, el sur de la península itálica). Pero lo cierto es que los romanos nunca entraron en un conflicto bélico directo con el mundo helenístico; más bien, se aprovecharon de la falta de unidad de los helenos y fueron ocupando, por la fuerza o mediante alianzas, los principales enclaves griegos. Se puede constatar que el mundo helenístico aportó grandes pensadores, filósofos, políticos, matemáticos y artistas, pero en lo que toca a lo práctico, eran más bien poco avezados. Es lo que tienen ciertos modelos políticos y las ideologías un tanto utópicas: mucho hablar, mucho disertar, mucho filosofar, mucho politiqueo y poco coordinar y ejecutar.
Y para terminar, hablemos de guerra. Los cartagineses no tenían un ejército permanente. Confiaban en mercenarios a sueldo, reclutados en diferentes regiones del Mediterráneo. Esto les daba flexibilidad, pero también les causaba problemas de lealtad y cohesión. ¡Imagina un ejército compuesto por soldados de distintas nacionalidades, idiomas y costumbres! No es de extrañar que a veces las cosas se les complicaran en el campo de batalla.
06.2 Primera guerra Púnica: choque de titanes
La Primera Guerra Púnica no surgió de la noche a la mañana. Hacía tiempo que Roma y Cartago se miraban con recelo, como dos gallos en un corral. Ambas potencias estaban en plena expansión, y sus intereses chocaban en el Mediterráneo occidental.
El detonante del conflicto fue la isla de Sicilia, un lugar estratégico que controlaba las rutas comerciales del Mediterráneo y que, para colmo, estaba dividida entre cartagineses y griegos. En el año 264 a.C., un grupo de mercenarios italianos conocidos como los mamertinos –que se dedicaban al saqueo y al pillaje– se apoderaron de la ciudad de Mesina, en el estrecho que separa Sicilia de Italia. Acorralados por los cartagineses, los mamertinos pidieron ayuda a Roma, que vio en esta situación la excusa perfecta para intervenir en la isla.
Cartago, que consideraba Sicilia como parte de su zona de influencia, no estaba dispuesta a tolerar la intromisión romana. Y así, casi sin quererlo, ambas potencias se vieron envueltas en una guerra que duraría más de dos décadas y que cambiaría para siempre el equilibrio de poder en el Mediterráneo.
Y como en todo buen combate, hubo golpes bajos, estrategias inesperadas y un final que dejó a más de uno con la boca abierta.
Pero este combate tenía una particularidad: ambos contendientes eran repúblicas, lo más parecido a la democracia que se podía encontrar por aquellas fechas. Sí, ya sé que nos han contado que las repúblicas son la panacea, el sistema político que garantiza la paz y la prosperidad. Pero la historia nos demuestra lo contrario. Las repúblicas, como cualquier otro sistema, también pueden ser ambiciosas, belicosas e incluso crueles. Y la Primera Guerra Púnica es un buen ejemplo de ello.
Parece que el modelo republicano, con su énfasis en la participación ciudadana y la competencia política, alentaba una sed insaciable de riquezas y poder. ¡Democracia o no, la ambición es la ambición!
Al principio, las cosas pintaban bien para Cartago. Sus barcos dominaban el mar, y sus tropas, lideradas por experimentados generales, hacían retroceder a los legionarios romanos. Pero Roma tenía un as en la manga: su capacidad de adaptación. ¡Si no tenían flota, se la construían! Y no solo eso, copiaron las técnicas navales cartaginesas e incluso inventaron un arma secreta: el «corvus», una especie de pasarela con un gancho que les permitía abordar los barcos enemigos y convertir la batalla naval en un combate terrestre. ¡Ingenio romano en estado puro!
Tras años de lucha en tierra y mar, con victorias y derrotas para ambos bandos, Roma logró asestar un golpe decisivo en la batalla de Egusa (241 a.C.). La flota cartaginesa fue aniquilada, y Cartago, exhausta y desmoralizada, se vio obligada a pedir la paz.
Pero la paz que impuso Roma fue humillante. Además de ceder Sicilia, Córcega y Cerdeña, Cartago tuvo que pagar una indemnización millonaria 24.200 talentos eubeos, a pagar en 30 años, lo que equivale a unos 109.200 kilogramos de plata. Vamos que considerando el valor de la plata, en aquellas fechas, podríamos estar hablando de unos 2.000 millones de euros de hoy, una salvajada. En realidad, el verdadero objetivo, era que los cartagineses no levantarán cabeza. y renunciar a su flota de guerra. Fue como el Tratado de Versalles tras la Primera Guerra Mundial: una paz impuesta por el vencedor que solo sirvió para alimentar el rencor y preparar el terreno para un nuevo conflicto. ¡Y vaya si lo hubo!
06.3 La Península: explotación y conquista
Tras la humillante derrota en la Primera Guerra Púnica, Cartago se encontró en una situación delicada. A la pérdida de Sicilia, Córcega y Cerdeña se sumaba la obligación de pagar una indemnización millonaria a Roma y la pérdida de su flota de guerra. ¡Menudo palo! Parecía que el imperio cartaginés se tambaleaba.
Pero los cartagineses no eran de los que se rinden a la primera de cambio. Con su característico espíritu pragmático, decidieron buscar nuevos horizontes para recuperar su fortuna. Y ¿dónde mejor que en la Península Ibérica, esa tierra rica en minerales y con una población aún por explotar (literalmente)?
Pero antes de lanzarse a la conquista, Cartago tuvo que lidiar con un problema interno: la rebelión de los mercenarios. Estos soldados a sueldo, hartos de no cobrar su paga tras la guerra contra Roma, se alzaron en armas y pusieron en jaque al imperio cartaginés. La guerra fue brutal y sangrienta, y Cartago estuvo a punto de sucumbir. Finalmente, gracias al liderazgo de Amílcar Barca, lograron sofocar la rebelión. ¡Menos mal!
Con los mercenarios bajo control, Cartago pudo centrarse en sus planes de expansión en la Península Ibérica. Y aquí es donde entra en escena la familia Barca, una dinastía de militares y políticos que marcaría un antes y un después en la historia de Cartago (y de Roma, ya lo veremos).
Amílcar Barca, el patriarca de la familia, lideró la conquista de gran parte del sur y el este de la Península. Pero Amílcar no se limitó a establecer puestos comerciales, como habían hecho los fenicios siglos atrás. Su visión era más ambiciosa: quería convertir la Península en un motor económico que financiara las ansias de revancha de Cartago contra Roma, e incluso, según algunos historiadores, forjar su propio estado independiente.
Las sospechas sobre las intenciones de Amílcar no eran infundadas. Para empezar, acuñó monedas con su propia imagen, algo inusual para un general cartaginés. Además, gestionó la conquista y la administración de los territorios ibéricos con una autonomía casi total respecto a Cartago. Reclutó un ejército propio, estableció alianzas con tribus locales y fundó ciudades como Akra Leuke 3Cerca de la actual Alicante, que se convirtió en su base de operaciones. ¿Sería que Amílcar, sintiéndose marginado por la oligarquía cartaginesa tras la derrota en la Primera Guerra Púnica, vio en la Península Ibérica la oportunidad de forjar su propio destino?
Hay quien cree que las acciones de Amílcar estaban motivadas por un profundo patriotismo, y que su único objetivo era fortalecer a Cartago. Pero las pruebas apuntan a que Amílcar tenía sus propios planes, y que estos planes no pasaban precisamente por seguir las órdenes de Cartago. Quizás si Amílcar hubiera vivido más tiempo, la historia hubiera sido muy diferente…
Para lograr sus objetivos –ya fueran personales o en beneficio de Cartago–, Amílcar impulsó la agricultura intensiva, la minería a gran escala y el desarrollo de infraestructuras. Los cartagineses introdujeron nuevas técnicas de cultivo, explotaron las ricas minas de plata de la región y construyeron calzadas y puertos para facilitar el comercio. En pocas décadas, la Península Ibérica se convirtió en un importante centro productor de materias primas y en una fuente de riqueza para Cartago. ¡Una auténtica «revolución agrícola»!
Pero esta expansión no estuvo exenta de conflictos. Los cartagineses se enfrentaron a la resistencia de los pueblos ibéricos, que no estaban dispuestos a renunciar a su independencia. Las guerras fueron largas y costosas, y Cartago tuvo que emplear toda su fuerza militar para someter a los rebeldes.
Notas
- 1Sistema de gobierno que, si bien mantiene la forma y las instituciones de una república, en la práctica el poder político y económico está concentrado en manos de una pequeña élite o grupo privilegiado.
- 24.200 talentos eubeos, a pagar en 30 años, lo que equivale a unos 109.200 kilogramos de plata. Vamos que considerando el valor de la plata, en aquellas fechas, podríamos estar hablando de unos 2.000 millones de euros de hoy, una salvajada. En realidad, el verdadero objetivo, era que los cartagineses no levantarán cabeza.
- 3Cerca de la actual Alicante


