25. León se alza

Ideas Principales

Tabla de contenidos

25.1 Contexto político

El siglo X fue un período de grandes cambios y transformaciones en la Península Ibérica. Tras la muerte de Alfonso III el Magno en el año 910, el reino de Asturias se dividió entre sus hijos, lo que debilitó el poder central y dio lugar a un período de inestabilidad política. Sin embargo, esta situación no duraría mucho, ya que el reino de León se consolidaría rápidamente como la principal potencia cristiana en la región.

En el sur, Al-Ándalus se encontraba en un estado de agitación y conflicto interno tras la muerte de Abderramán II en el año 852. Las luchas por el poder entre los diferentes linajes y la presión de los reinos cristianos del norte debilitaron el emirato y sumieron a la región en un período de anarquía. Esta situación de conflicto era, por desgracia, una constante en la historia de Al-Ándalus, y como hemos visto tantas veces a lo largo de la historia, la falta de unidad política, religiosa o de cualquier índole, acaba por destruir cualquier construcción por sólida que parezca. Sin embargo, este caos no sería eterno, ya que pronto emergería una figura que cambiaría el rumbo de la historia de Al-Ándalus.

En el norte, el Reino de Pamplona continuaba su expansión hacia el sur, mientras que los condados de la Marca Hispánica, como Barcelona, se afirmaban como entidades políticas cada vez más autónomas y poderosas. Este proceso de autonomía tenía su origen en el desmoronamiento del Imperio Carolingio y sus problemas sucesorios. Vamos, lo de siempre: cuando el poder central se debilita, las periferias aprovechan para volar del nido.

Este era el panorama político de la Península Ibérica a principios del siglo X. Un mosaico de reinos y condados en constante lucha por el poder y la supervivencia. Un contexto convulso y complejo que marcaría el devenir de la región durante los siglos venideros.

25.2 Caos en Al-Ándalus

La situación en Al-Ándalus era, por decirlo suavemente, caótica. Tras la muerte de Abderramán II en el 852, el emirato se vio sumido en una serie de conflictos internos que amenazaban con desintegrarlo. Las luchas por el poder entre los diferentes linajes eran la orden del día, y las marcas fronterizas, como la de Zaragoza y la de Toledo, se encontraban en constante rebelión contra el poder central.

Pero los problemas no terminaban ahí. A las luchas internas se sumaban las malas cosechas y las epidemias, que diezmaban a la población y debilitaban aún más la economía del emirato. Para colmo, en el siglo IX se produjo un resurgimiento del fervor religioso entre los cristianos, lo que llevó a un recrudecimiento de las tensiones entre ambas comunidades. Los «mártires de Córdoba» son un claro ejemplo de este clima de tensión religiosa. Todo comenzó cuando algunos cristianos, preocupados por la creciente conversión de sus feligreses al Islam, decidieron enaltecer su fe insultando públicamente al profeta Mahoma. Como es sabido, cualquier afrenta al profeta está castigada con la muerte en el mundo musulmán, incluso en nuestros días. Los postulantes a mártires no tardaron en proliferar, siendo decapitados por las autoridades musulmanas. La situación llegó a tal punto que el emir, harto de esta escalada de martirios, decidió cortar por lo sano y ordenó la ejecución del propio Eulogio, considerado el instigador de esta estrategia de provocación religiosa.

La progresiva reducción del número de cristianos que pagaban impuestos tuvo un impacto significativo en las finanzas del emirato. Las conversiones al Islam, la emigración hacia los reinos cristianos y las decapitaciones de los mártires de Córdoba mermaron la base tributaria del emirato, lo que a su vez generó una mayor presión fiscal sobre los musulmanes más desfavorecidos, especialmente los muladíes. Este contexto de descontento social y económico fue caldo de cultivo para el surgimiento de líderes como Ibn Hafsún, un muladí de origen hispano godo que durante más de 30 años desafió el poder central y puso en jaque al emirato. Ibn Hafsún, cual Viriato andalusí, se convirtió en un símbolo de la resistencia contra el poder omeya y llegó a controlar amplias zonas del sur de la Península Ibérica. Lo más sorprendente de la historia de Ibn Hafsún es que, casi al final de sus días, decidió convertirse al cristianismo. ¿Las razones? Un misterio que aún hoy sigue generando debates entre los historiadores.

25.3 Llegada de Abderramán III

Tras años de conflictos y desórdenes, Al-Ándalus necesitaba un líder fuerte que devolviera la estabilidad y la unidad al territorio. Y ese líder fue Abderramán III. Tras acceder al poder en el año 912, Abderramán III supo imponer su autoridad y devolver la estabilidad al emirato. Sin embargo, su visión iba más allá de la simple restauración del orden. Abderramán III aspiraba a convertir Al-Ándalus en la principal potencia de la región, y para ello era necesario fortalecer el poder central y modernizar el ejército.

En el año 929, Abderramán III dio un paso fundamental en esta dirección al proclamarse califa, rompiendo así la dependencia religiosa del emirato respecto al califato de Bagdad. Fue una respuesta a la creación del califato fatimí en el Norte de África en el 909 que eran enemigos acérrimos de los Omeya. Esta decisión consolidó el poder político y religioso en manos de Abderramán III y sentó las bases para la creación de un estado fuerte y centralizado.

Abderramán III

Sin embargo, el camino hacia la consolidación del poder de Abderramán III no estuvo exento de dificultades. En el año 939, el califato sufrió una dura derrota en la batalla de Simancas. Esta derrota puso de manifiesto la necesidad de modernizar el ejército y adaptarlo a los nuevos tiempos. Abderramán III comprendió que el espíritu fundamentalista de la yihad no estaba tan extendido como antaño, y que era necesario crear un ejército profesional y permanente, capaz de defender el territorio y proyectar el poder de Al-Ándalus en el exterior. Para ello, Abderramán III recurrió a la incorporación de esclavos extranjeros, capturados de niños y educados en un entorno militarizado. Estos esclavos, conocidos como saqaliba, eran de origen eslavo, franco e hispano. Capturados de niños, no conocían más familia que el regimiento al que pertenecían. Vivían en los cuarteles y no se mezclaban con los ciudadanos, que los llamaban khurs, los «silenciosos», ya que no se molestaban en aprender el idioma. De esta forma, Abderramán III se aseguraba la lealtad y la disciplina de sus soldados, al tiempo que evitaba los problemas que podían generar las levas entre la población local.

Gracias a su visión y a su habilidad política, Abderramán III logró transformar Al-Ándalus en un califato poderoso y próspero. Durante su reinado, Al-Ándalus vivió una época de esplendor económico y cultural, y se convirtió en un referente para el resto de la Península Ibérica. Abderramán III fue un gran constructor y embelleció Córdoba con numerosas obras arquitectónicas, como la ampliación de la Mezquita Aljama y la construcción de la ciudad palatina de Medina Azahara. Esta última, situada a pocos kilómetros de Córdoba, se convirtió en el centro del poder político y cultural del califato. Medina Azahara era un complejo lujoso y sofisticado, con palacios, jardines, fuentes y baños. Se cuenta que Abderramán III mandó construir una gran bandeja de mercurio en uno de los salones de Medina Azahara. Cuando los embajadores extranjeros eran recibidos en este salón, la bandeja se movía lentamente, creando un efecto mágico y sorprendente que impresionaba a los visitantes.

25.4 Líos sucesorios en León

Mientras, el reinado de Alfonso III el Magno, que había extendido el reino de Asturias hacia el sur y consolidado su poder, terminó en el año 910 con un hecho sorprendente: fue depuesto por sus propios hijos. García, el primogénito, se hizo con el Reino de León, apoyado por el conde de Castilla, Munio Núñez, mientras que Ordoño gobernaría en Galicia y Fruela en Asturias.

Una de sus primeras decisiones de García I, como rey de León, fue trasladar la capital del reino desde Oviedo a León. Esta decisión respondía, en parte, a la necesidad de afianzar su poder en la región y de establecer una capital que estuviera más cerca de los centros de poder del reino. Además, García era consciente de necesitar una capital diferente ya que su hermano Fruela controlaba Oviedo, ya que esto le restaría legitimidad y autoridad.

Lo cierto es que durante este periodo la sucesión de reyes, muertes prematuras y derrocamientos es un verdadero sainete, digno de una serie de televisión. No es cuestión de aburrir al lector con nombres de los sucesivos reyes (que se puede ver en la entrada del árbol genealógico de los Reyes de León en esta web) y que poco aportan a los hechos posteriores.

En esta época los reyes se sucedían a una velocidad pasmosa, lo que nos da una idea de lo convulso de la época. Como se suele decir, por aquella época cualquier resfriado te llevaba a la tumba.

Sí resulta interesante las aventuras y desventuras de Sancho I el Craso (vamos el gordo) hijo de Ramiro II y Urraca de Navarra. Como Urraca de Navarra era hija de Toda Aznárez, el Craso era su nieto pero, además, Toda Aznárez era la tía de Abderramán III, califa de Córdoba. Vamos que la red de influencia de Toda Aznárez era extensa. Una verdadera Celestina que casó a sus tres hijas con sucesivos reyes de León e incluso, en segundas nupcias a una de ellas con el Conde de Castilla, Fernán González. Pues bien, el problema de obesidad de Sancho I era realmente preocupante, hasta el punto que fue derrocado. Ante esa situación su abuela Toda se lo llevó a Córdoba, bajo el cuidado de los galenos de su sobrino Abderramán III. Los galenos musulmanes no se andaron con chiquitas, incluso cosieron la boca de Sancho, que no se sabe bien cómo pudo sobrevivir a la susodicha dieta. Lo cierto es que adelgazo, vaya si adelgazo, y volvió a León para, apoyado por los musulmanes, volver a coronarse rey.

En cualquier caso, a pesar de estos episodios de inestabilidad, el reino de León continuó su expansión y consolidación, sentando las bases para lo que sería en el futuro el Reino de Castilla y León.

25.5 El Condado de Castilla y Fernán González

El Condado de Castilla, situado en la frontera entre los reinos cristianos del norte y Al-Ándalus, fue una región clave en la Reconquista. Durante el siglo X, el Condado de Castilla fue gobernado por una serie de condes poderosos que supieron consolidar su poder y expandir sus territorios hacia el sur. Sin embargo, ninguno de estos condes tuvo tanta influencia y protagonismo como Fernán González.

Aunque el Condado de Castilla ya existía como entidad territorial, fue Fernán González quien logró unificar los diferentes condados castellanos bajo su mando y establecer una dinastía condal que gobernaría Castilla durante siglos.

Fernán González fue un hábil político y militar que supo aprovechar los líos sucesorios del Reino de León para afianzar su poder y el de Castilla. Participó en numerosas batallas contra los musulmanes, y extendió los territorios del Condado de Castilla hacia el sur, repoblando zonas como Sepúlveda y la ribera del Duero. Gracias a sus victorias militares y a su habilidad política, Fernán González se convirtió en un líder muy popular y respetado en Castilla.

Sin embargo, la relación de Fernán González con los reyes de León no siempre fue fácil. Fernán González no dudó en desafiar la autoridad de los reyes leoneses cuando lo consideró necesario. En varias ocasiones, Fernán González se rebeló contra los reyes de León, e incluso fue encarcelado, pero siempre terminó siendo perdonado y restituyendo en sus posesiones. Para ello utilizo como baza negociadora los matrimonio. El se desposó con Sancha de Navarra y su hija Urraca se casó, sucesivamente, con dos reyes de León y cuando murieron con un rey de Navarra, que parece que a esta señora los maridos le duraban más bien poco.

Fernán González murió en el año 970, dejando un Condado de Castilla fuerte y consolidado. Su sucesor fue su hijo García Fernández, que continuó la obra de su padre y siguió expandiendo los territorios del Condado de Castilla hacia el sur.

La figura de Fernán González ha sido objeto de numerosas leyendas y mitos a lo largo de la historia. Se le ha presentado como un héroe castellano que luchó por la independencia de Castilla frente al Reino de León. Sin embargo, la realidad histórica es más compleja y matizada. Fernán González fue un personaje ambicioso y oportunista que supo aprovechar las circunstancias políticas para consolidar su poder y el de Castilla.

Sin duda, fue un poema el que ha enaltecido su figura, que por aquellos tiempos era la única forma de darse a conocer. El poema del Conde Fernán González, fue escrito bastante tiempo después, pero consolidó su figura como el artífice del futuro Reino de Castilla, y si no unos cuantos versos como ejemplo:

Era toda Castilla solo una alcaldía
a pesar de ser pobre y de poca valía
nunca de buenos hombres fue Castilla vacía:
de cómo fueron ellos lo sabemos hoy día.
Fue de los castellanos el principal cuidado
elevar su señor al más alto estado;
de una alcaldía pobre, hiciéronla condado,
tornáronla después cabeza de reinado.
Se llamó don Fernando este conde primero,
nunca hubo en el mundo otro tal caballero;
éste fue de los moros implacable guerrero,
por su lides decían el buitre carnicero.