24.1 La Península Ibérica: núcleos de resistencia
No estará de más hacer, ahora, un breve resumen de la situación de los diferentes núcleos de resistencia cristiana en la Península a mediados del siglo IX. Tras la invasión musulmana del siglo VIII, la Península Ibérica se convirtió en un mosaico de territorios y poderes en conflicto. Mientras que al-Ándalus se consolidaba como un nuevo estado musulmán, en el norte surgieron diversos núcleos de resistencia cristiana que luchaban por mantener su independencia y su identidad.
Asturias: En las montañas del norte, como hemos visto en anteriores capítulos, un pequeño grupo de cristianos, liderados por Don Pelayo, se alzaron contra los musulmanes. Los asturianos se las tuvieron que apañar solos, basando su resistencia en la lucha guerrillera y en el aprovechamiento de la orografía montañosa. Esta independencia y capacidad de resistencia forjó una fuerte identidad asturiana y sentó las bases para la futura expansión del reino. En la frontera oriental del reino asturiano, la colonización del Valle del Mena daría lugar al futuro Condado de Castilla, germen del posterior Reino de Castilla. Su primer conde, Rodrigo, fue nombrado por Ordoño I en el año 850.
Pamplona: En la zona pirenaica, la resistencia visigoda se apoyó en la alianza con los francos. Carlomagno y sus sucesores vieron en los Pirineos una frontera estratégica para defender su imperio de los musulmanes, y se aliaron con los líderes locales para controlar la zona. Esta alianza permitió a los vascones mantener cierta autonomía, pero a costa de someterse a la influencia franca. En este contexto, surge el Reino de Pamplona, (germen del futuro Reino de Navarra) liderado por Íñigo Arista, quien se alía con los Banu Qasi y logra la independencia de los francos en el año 824.
Condado de Ribagorza: Carlomagno nombró a Aureolo como conde alrededor del año 800, y posteriormente se apoyó en nobles locales como Galindo Aznárez. Este condado, junto con el de Aragón y Sobrarbe, formaría parte del futuro Reino de Aragón.
Cataluña (Marca Hispánica): La situación en Cataluña fue similar a la de Pamplona. Carlomagno creó la Marca Hispánica como una barrera defensiva frente a al-Ándalus, y nombró condes francos para gobernar la región. Los condados de Barcelona, Gerona y Osona, entre otros, formaron parte de esta marca fronteriza, que con el tiempo evolucionaría hacia la independencia y la formación de la Corona de Aragón.
El lector podría interpretar que esa dominación francesa de las actuales zonas del actual País Vasco y de Cataluña pudieran haber sido el origen del virus independentista actual, pero no existen evidencias históricas al respecto. Eso si, los nacionalistas catalanes y vascos reclaman las áreas geográficas de Francia con los que tuvieron fuertes relaciones, que por pedir que no quede.
En el mapa adjunto se pueden ver las distintas realidades políticas de la Península Ibérica a la muerte de Ordoño I (866) y la ampliación territorial de Alfonso III, que puede ser considerado como el último rey de Asturias.


En los siguientes apartados del capítulo, nos centraremos en la evolución del Reino de Asturias durante este periodo, desde la muerte de Alfonso II «el Casto» hasta el traslado de la corte a León y el inicio del Reino de León.
24.2. De Asturias a León: Un reino en transición
La muerte de Alfonso II «el Casto» en el año 842 marcó el fin de una era en la historia del reino asturiano. Con él se extinguió la dinastía de Don Pelayo, el caudillo que había iniciado la Reconquista en Covadonga.
A partir de ese momento, Asturias se adentraría en un nuevo periodo, lleno de desafíos y oportunidades. Los sucesores de Alfonso II tendrían que lidiar con un reino en plena expansión, con fronteras cada vez más amplias y una población en aumento. Las incursiones musulmanas seguían siendo una amenaza constante, pero también surgían nuevos desafíos, como las primeras incursiones vikingas en las costas de la Península Ibérica.
En al-Ándalus, el emirato de Córdoba experimentaba una etapa de inestabilidad política, con continuas revueltas y luchas por el poder. Esta situación de debilidad sería aprovechada por los reinos cristianos del norte para expandir sus territorios y consolidar su presencia en la Península.
24.3. El Reino de Asturias se afianza
Tras la muerte de Alfonso II, el reino asturiano se enfrentó a un cambio dinástico. La línea sucesoria de Don Pelayo se había extinguido, y el trono recayó en Ramiro I, descendiente de Pedro de Cantabria, y a su muerte, en su hijo Ordoño I. Cosa curiosa, parece que en esta ocasión la sucesión dinástica no supuso un baño de sangre.
Y mientras tanto, en al-Ándalus, las cosas parecían haberse calmado un poco. Con la llegada al poder de Abderramán II, el emirato de Córdoba vivió un periodo de relativa estabilidad y prosperidad, centrándose en el desarrollo cultural y la diplomacia. Los musulmanes continuaban con sus aceifas, pero más parecían una actividad recreativa propia del verano, que un objetivo por acabar con el Reino de Asturias, como en épocas precedentes. Los reyes asturianos, por su parte, vieron una oportunidad para tomar la iniciativa y dejar de ser un reino a la defensiva. Ya no se conformaban con resistir las aceifas musulmanas, sino que buscaban expandir sus fronteras y consolidar su poder en la Península.
Los reyes asturianos, con una visión expansionista, lideraron numerosas campañas militares contra los musulmanes. En la batalla de Albelda (859), Ordoño I obtuvo una importante victoria sobre los musulmanes, marcando el inicio de la expansión asturiana hacia el valle del Duero.1 Hubo dos batallas de Albelda: Primera (851): En esta batalla, los cristianos, liderados por Ordoño I, fueron derrotados por los musulmanes de Musa ibn Musa de los Banu Qasi. Segunda (859): Ocho años después, Ordoño I volvió a enfrentarse a Musa ibn Musa en Albelda, y esta vez la victoria fue para los cristianos.
Además, impulsaron la repoblación de estas tierras y la fundación de ciudades como León, que aunque ya existía desde la época romana como campamento de la Legión VII Gemina, fue durante su reinado cuando adquirió mayor relevancia.
Uno de los acontecimientos más destacados de este periodo fue la legendaria batalla de Clavijo. Según la tradición, las tropas cristianas, lideradas por Ramiro I y con la ayuda del mismísimo Apóstol Santiago (que aún de avanzada edad se encontraba en perfecto estado físico), lograron una aplastante victoria sobre los musulmanes. Aunque hoy en día sabemos que esta batalla es más un producto de la imaginación que un hecho histórico real, lo cierto es que sirvió para reforzar la imagen de Ramiro I como un rey guerrero y defensor de la fe cristiana. Por otro lado, los estrategas de la época encontraban en Santiago Matamoros un magnifico contrapeso a los beneficios espirituales, con que contaban los moros, por participar en una yihad islámica ¡Y qué demonios, un poco de leyenda siempre le da emoción a la historia y agranda los corazones de los que tienen que guerrear!
Pero no todo iban a ser victorias épicas contra los infieles. Ramiro I y Ordoño I también tuvieron que lidiar con las primeras incursiones vikingas en las costas asturianas. En el año 844, una flota vikinga atacó Gijón, y aunque fue rechazada, puso de manifiesto la vulnerabilidad del reino ante las amenazas marítimas. Unos años más tarde, en el 858, otra expedición vikinga saqueó Galicia, causando graves daños y sembrando el terror entre la población. Se dice incluso que secuestraron al obispo de Iria Flavia, y que Ordoño I tuvo que pagar un rescate para liberarlo. Estos ataques obligaron a los reyes asturianos a reforzar las defensas costeras y a mantener una vigilancia constante sobre el mar, no fuera a ser que aquellos rubios con ganas de fiesta decidieran volver a por más.
En el ámbito cultural, Ramiro I dejó su huella con la construcción de Santa María del Naranco, un magnífico ejemplo del arte prerrománico asturiano. Esta obra, junto con otras construcciones de la época, son un testimonio del auge cultural que se vivió en el reino asturiano durante este periodo.
24.4. El nacimiento de un reino: Íñigo Arista, el zorro de los Pirineos
En las montañas del norte, mientras el Emirato de Córdoba se consolidaba y los francos metían sus narices en la Península Ibérica, un pequeño reducto visigodo resistía en Pamplona. Acorralados entre dos potencias, los pamploneses parecían condenados a desaparecer.
Pero entonces, como un zorro astuto que emerge de su guarida, surge Íñigo Arista, un noble local con ambiciones de grandeza y un talento innato para la política. Viendo la oportunidad de librarse del control franco, Íñigo hace lo impensable: se alía con los Banu Qasi, un clan musulmán con ganas de tocarle las narices a Córdoba.
Corre el año 824. Íñigo, apoyado por sus nuevos aliados, se rebela contra la autoridad franca y se proclama rey de Pamplona. ¡Un reino cristiano, nacido de una alianza con los musulmanes! Tal vez sería conveniente recordad la capacidad de los vascos para cambiar de bando, según las conveniencias, si de autogobierno se trata.
Los francos, furiosos, intentan recuperar el control, pero Íñigo, con la astucia de un zorro, logra mantener la independencia de su reino. Y no solo eso, sino que además consolida su poder y sienta las bases de una dinastía que gobernará Pamplona, y más tarde Navarra, durante siglos.
Íñigo Arista, el primer rey de la dinastía Arista, el hombre que supo navegar entre dos mundos, el cristiano y el musulmán, para forjar un destino propio. Un verdadero ejemplo de liderazgo y adaptación en tiempos turbulentos, que dirían unos. Un prototipo de chaquetero, con el único interés de mantenerse en el poder, que dirían otros.
24.5 Alfonso III el Magno: el último rey de Asturias
Alfonso III, hijo de Ordoño I, accedió al trono en el año 866. Alfonso III se enfrentó a las pretensiones al trono de un noble gallego llamado Fruela Bermúdez, conde de Lugo, que gozaba del apoyo de parte de la nobleza. El apoyo del conde castellano Rodrigo (seguramente muy leal a Ordoño I) fue clave para que Alfonso III se impusiera.
Una vez consolidado en el trono, Alfonso III demostró ser un rey ambicioso y enérgico. Lideró numerosas campañas militares contra los musulmanes, expandiendo las fronteras del reino hacia el sur y consolidando el dominio cristiano en la Península Ibérica. En la batalla de Polvoraria, según la tradición, portó la Cruz de la Victoria, que se convertiría en un símbolo de Asturias y de España. Esta victoria fue tan contundente que, por primera vez, el emir Muhammad I de Córdoba se vio obligado a pagar un rescate y solicitar una tregua que duró exactamente tres años.
Su matrimonio con Jimena, hija del rey de Pamplona, García Íñiguez, reforzó los lazos entre ambos reinos y facilitó la cooperación en la lucha contra los musulmanes y asegurar la frontera oriental de su reino de las continuas incursiones y revueltas de los vascones.
El proceso repoblador, iniciado por su padre Ordoño I, fue decididamente impulsado por Alfonso III quien consolidó el Duero como frontera meridional del reino, en torno a las plazas fuertes de Toro y Zamora. En el oeste, avanzó hacía el sur conquistando Braga, Viseo y Lameo, y fijando el límite fronterizo en el río Mondego e, igualmente, se continúa la repoblación condal castellana.
La fortaleza del Reino de Asturias era evidente, hasta el punto que los muladíes que estaban en disputa con el emir de Córdoba pidieron auxilio militar a Alfonso III, como Abd al-Rahman Ibn Marwán, el Gallego, señor de Mérida y los Banu Qasi de Zaragoza. La relación de Alfonso III con estos Banu Qasi fue curiosa. Ordoño, uno de los hijos de Alfonso, fue enviado a formarse con los Banu Qasi, pero estos, haciendo gala de su maestría para el oportunismo político, cambiarían de bando cada dos por tres.
Sus éxitos militares y la expansión del Reino hicieron adoptar a Alfonso III el título de «Hispaniae Rex» e «Hispaniae Imperator», reivindicando su legitimidad como heredero de los visigodos sobre toda la Península Ibérica y la idea de un reino que abarcaba a varios pueblos. El título de «Emperador» evocaba la idea de un poder supremo y universal, que trascendía las divisiones regionales y políticas, algo que, curiosamente, podría resultar atractivo para los independentistas de hoy en día.
Por último, y no por ello menos importante, impulsó la creación de crónicas que recopilan la historia de los reinos cristianos y su relación con los musulmanes, convirtiéndose en una fuente histórica fundamental para comprender la época y que ahora podamos contar esta apasionante historia.
Al final de sus días, se sublevó su hijo García,que se había casado con Nuña, hija del conde de Castilla Munio Núñez, que fue el instigador de la conjura contra el rey. Capturado García por su padre, su suegro Nuño provocó un levantamiento ayudado por Jimena, Ordoño y Fruela. Tras la abdicación de Alfonso III en el año 910, el reino se dividió entre los tres hermanos: García recibió León, Ordoño Galicia y Fruela Asturias y ya veremos como con todas las herencias hay disputas.
Alfonso III «el Magno», el último rey de Asturias, fue una figura clave en la consolidación y expansión del reino cristiano en el norte de la Península Ibérica. Durante su reinado, la ciudad de León fue adquiriendo cada vez mayor importancia, hasta el punto de que Alfonso III pasó largas temporadas allí y trasladó algunas instituciones a la ciudad, como su Consejo de Gobierno y el Tribunal de Justicia, lo que la convierte en la capital de facto del reino, aún cuando oficialmente no lo fuera. Este hecho anticipó el posterior traslado definitivo de la capital del reino a León, que marcaría el fin de una era y el inicio de una nueva etapa: la del Reino de León, que tomaría el relevo en la lucha contra los musulmanes y en la construcción de la España cristiana.
Notas
- 1Hubo dos batallas de Albelda: Primera (851): En esta batalla, los cristianos, liderados por Ordoño I, fueron derrotados por los musulmanes de Musa ibn Musa de los Banu Qasi. Segunda (859): Ocho años después, Ordoño I volvió a enfrentarse a Musa ibn Musa en Albelda, y esta vez la victoria fue para los cristianos.

