23.1. Tiempos recios, tiempos de cambios
El empuje guerrero de Hisam I había convencido a Bermudo I de la necesidad de abdicar en alguien con mayor capacidad militar y más empuje vital. En este contexto, Alfonso II volvió a tomar las riendas del reino de Asturias y hacer frente a la amenaza musulmana.
La derrota de Burbia había supuesto un grave quebranto militar para el reino y además se enfrentaban a este nuevo emir de Al-Ándalus, dispuesto a arrasar con todo. Hisam, hijo del famoso Abderramán I, era tan inteligente y competente como su padre, pero con un pequeño defecto: su diplomacia brillaba por su ausencia. Prefería la mano dura, y no dudaba en ser cruel e implacable con sus enemigos.
Alfonso II, con una gran visión de futuro y evidentes dotes de liderazgo, se propuso enfrentar la amenaza musulmana creando una unidad en la identidad y los objetivos del Reino de Asturias. Primero, se enfundó en el legado visigodo, como si de un traje a medida se tratara, y dotó al reino de Asturias de un objetivo ambicioso: la Reconquista. Llevar el cristianismo a las tierras «robadas» por el islam. ¡Casi nada! Pero claro, Alfonso II no era ningún iluso. Sabía que con las fuerzas de Asturias no se podía ir muy lejos. Así que, como buen estratega, buscó aliados en la cristiandad europea. Y ahí es donde entra en escena Carlomagno, el emperador franco, con el que estableció una estrecha relación.
Mientras tanto, Hisam I no se quedaba de brazos cruzados. Lanzó numerosas aceifas1El término «aceifas» proviene del árabe hispánico «al-ṣayfa», que significa «la campaña estival”. contra Asturias, como una tenaza que apretaba por el este (Álava) y por el oeste (Galicia).
Oviedo fue saqueada, y el reino se vio sometido a una fuerte presión. Sin embargo, Alfonso II no se amedrentó y en la batalla de Lutos logró una importante victoria sobre las tropas musulmanas que regresaban del saqueo de Oviedo. 2Alfonso II sabiendo que el moro había elegido el mismo camino de vuelta a Córdoba, por el paso del “Camin Real de la Mesa”, opta por reunir a las suyas en Lutos (Los Lodos), un estrecho desfiladero con un gran lodazal en sus profundidades. Las tropas musulmanas fueron aniquilados por los cristianos; además lograron recuperar el botín arrebatado por aquéllos, en Oviedo.
Hisam, viendo que los saqueos no eran suficientes para doblegar a los rebeldes, se propuso descabezar a sus enemigos. Como si de una partida de ajedrez se tratara, ideó un plan para capturar a Alfonso II. Hisam movía sus piezas con astucia, buscando el jaque mate. Pero Alfonso II, que no era nada tonto, percibió el peligro y logró escapar de las garras del emir, no sin tener que sacrificar caballos (la caballería de Gadaxara en el río Quirós) o torres (castillos, incluida Oviedo).
Mientras, en Al-Ándalus, no dejaban de producirse revueltas. En Mérida, Toledo y Córdoba… Hisam I se veía obligado a apagar incendios por todas partes. Y como suele pasar en estos casos, sus métodos expeditivos solo conseguían enconar los ánimos.
Y por si fuera poco, en el norte también se cocían problemas. Revuelta en Zaragoza, Carlomagno asentándose en Jaca y nombrando a Aznar I Galíndez conde (¡hola, condado de Aragón!), disputas entre los Velasco (pro-carolingios) y los Íñigo (pro-musulmanes) en Pamplona… Hisam I no paraba de ir, de un sitio a otro, tratando de cerrar tantos frentes abiertos. Y para rematar la faena, Borrell, un guerrero de la nobleza de Carcassonne, fue nombrado conde de Osona, germen del futuro condado de Barcelona. ¡Los futuros reinos de España empezaban a tomar forma!
Alfonso II se percató, tanto por sus informantes, como por el hecho de que durante un par de años no se producían las aceifas musulmanas, de las dificultades por las que pasaba al-Ándalus y decidió que era el momento de dar un golpe de efecto. Y vaya si lo dio. Organizó una cabalgada de más de 800 kilómetros, desde Oviedo hasta Lisboa, para saquear la ciudad. ¡Una auténtica hazaña logística! No solo llevaba un ejército, sino también artesanos, ingenieros y todo tipo de personal para asegurar el avituallamiento. Alfonso II, que era un tipo práctico, no se entretuvo en Portugal. Saqueó Lisboa y, con un gran botín, volvió a Oviedo para embellecer la ciudad con nuevas construcciones. No se olvidó de su amigo Carlomagno, al que envió un mensajito a Aquisgrán (la capital del Imperio Carolingio, en la actual Alemania, casi en la frontera con Bélgica, por si alguien no lo tenía ubicado) para contarle su hazaña. Y para que el mensaje fuera aún más convincente, incluyó en el lote un buen número de esclavos musulmanes, además de otros presentes de gran valor. Con este gesto, el prestigio de Alfonso II frente a Carlomagno subió como la espuma, y su nombre empezó a sonar con fuerza en las cortes europeas.
Hisam I, al enterarse de la cabalgada de Alfonso II, empezó a sospechar que había una conspiración en su contra. Y no andaba desencaminado… Pero la suerte sonrió a Alfonso II. Antes de que Hisam pudiera poner en marcha sus planes de venganza, murió. ¡Menos mal! Claro que su sucesor, Alhakén I, tampoco era, precisamente, un hábil diplomático. Más bien tenía las mismas tendencias sanguinarias que su padre, y pronto demostraría que estaba dispuesto a seguir la guerra contra los cristianos del norte.
23.2. La verdadera Reconquista
En este periodo de continuas aceifas, cabalgadas y batallas hay un hecho que no deja de sorprender. ¿Cuál era la razón de que Hisam I tuviera tanto empeño en atacar Asturias por el este? Sencilla, por allí se estaba produciendo un proceso de colonización, la auténtica Reconquista, impulsada por pequeños terratenientes, campesinos y monjes que se aventuraban hacia los valles. Estos colonos se asentaban en una zona geográfica que, con el tiempo, se convertiría en el corazón de Castilla, una tierra de hombres recios y luchadores. Hablamos de la Bardulia, el Valle de Mena, las tierras de Aguilar… zonas que hoy en día pertenecen a Burgos, Cantabria y Palencia. Unos auténticos héroes, que alternaban la azada con la espada. Cuando llegaban los musulmanes, se escondían en los bosques. Y cuando se iban, volvían a empezar. Más tarde, la realeza y la nobleza organizarían el territorio, pero en aquellos primeros tiempos, la iniciativa partió del pueblo llano. Para llevar a cabo esta repoblación, se utilizaba un sistema conocido como «presura» (o «aprisio»). Básicamente, consistía en ocupar tierras «vacías» y poner mojones para delimitarlas. Luego, había que trabajar la tierra para demostrar que se estaba cultivando y así adquirir la propiedad de forma legal. ¡Una especie de «derecho de ocupación» medieval, con raíces en el derecho romano! «occupatio»
Es importante destacar que este proceso de colonización tenía importantes diferencias con el feudalismo que arraigó en otras partes de Europa, como Francia o incluso en la zona de Aragón. Mientras que el feudalismo se basaba en la relación de vasallaje entre un señor y sus siervos, la «presura» se caracterizaba por una mayor libertad y autonomía de los colonos. Esto contribuyó a forjar el carácter independiente y luchador de los castellanos.
23.3. Santiago Apóstol: ¿mito o realidad?
Y llegamos a uno de los episodios más fascinantes (y controvertidos) del reinado de Alfonso II: el descubrimiento del sepulcro del Apóstol Santiago en Compostela. Un acontecimiento que marcaría para siempre la historia de España y que, a día de hoy, sigue rodeado de un halo de misterio.
Pero empecemos por el principio. ¿Realmente vino Santiago a España a predicar el Evangelio? Pues… digamos que es una cuestión de fe. Hoy en día, ningún historiador que se precie sostiene la historicidad de este viaje. Pero en el siglo IX, la cosa era diferente. Las leyendas y los milagros estaban a la orden del día, y la idea de que uno de los apóstoles de Jesús hubiera pisado tierras hispanas era, cuanto menos, sugerente. De hecho, ya en el siglo VIII, el monje Beato de Liébana se refería a Santiago como patrono de España en sus escritos, vinculándolo a la idea de una unidad político-religiosa de la Península.

En este contexto, durante el reinado de Alfonso II, se extendió la noticia de que un ermitaño llamado Pelayo había encontrado en Compostela, guiado por una estrella, los restos del Apóstol Santiago. ¿Casualidad? ¿Propaganda política? ¿Un poco de ambas? Nunca lo sabremos con certeza. Lo que sí sabemos es que Alfonso II, consciente de la importancia simbólica de este hallazgo y en línea con los objetivos de su reinado, no dudó en aprovechar la ocasión. Ordenó construir una iglesia en el lugar del hallazgo (hacia el año 829) y promocionó la peregrinación a Compostela.
La noticia del descubrimiento llegó a oídos del Papa León III, quien lo reconoció oficialmente en el año 834. Carlomagno, por su parte, también mostró su apoyo al culto a Santiago, lo que contribuyó a la difusión del Camino de Santiago por toda Europa.
El impacto de este «descubrimiento» fue enorme. Compostela se convirtió en un importante centro de peregrinación, atrayendo a gentes de toda Europa. El Camino de Santiago, que cruzaba la Península Ibérica de este a oeste, se convirtió en una arteria vital, no solo para el comercio y la cultura, sino también para la creación de una identidad cristiana en la Península.



Y por si fuera poco, surgió la figura de Santiago Matamoros, un guerrero celestial que, según la leyenda, ayudaba a los cristianos en sus batallas contra los musulmanes. ¡Un icono que ha inspirado a generaciones de españoles! Aunque la imagen de Santiago Matamoros se popularizó en la Edad Media, su origen no está del todo claro. Hay quien dice que surgió en la batalla de Clavijo (año 844), donde, según la leyenda, el Apóstol se apareció en sueños al rey Ramiro I y le prometió la victoria. Otros, en cambio, sitúan el origen de la leyenda en la batalla de Simancas (año 939), donde las tropas cristianas lograron una importante victoria. Se dice que, en medio de la batalla, apareció un caballero blanco blandiendo una espada y sembrando el pánico entre las filas enemigas. ¿Santiago en persona? ¿O quizás un guerrero cristiano muy motivado? ¡Quién sabe!
Lo que está claro es que la imagen de Santiago Matamoros caló hondo en el imaginario colectivo. Era una imagen poderosa, que representaba la lucha de los cristianos contra los musulmanes, la defensa de la fe y la Reconquista de la Península Ibérica. Y claro, con semejante currículum, no es de extrañar que Santiago se convirtiera en el patrón de España y en un símbolo de la identidad nacional. Claro que, en estos tiempos de corrección política, la expresión «Matamoros» puede resultar un poco fuerte para algunos. Parece que herir los sentimientos de los «moros» (aunque sean del siglo XXI) es un pecado imperdonable. ¿Será que ahora Santiago solo reparte flores y caramelos en lugar de mandobles? ¡Quién sabe! Lo que está claro es que la historia, con sus luces y sus sombras, no se puede borrar de un simple plumazo.
Hoy en día, el Camino de Santiago sigue siendo una ruta de peregrinación muy popular, atrayendo a personas de todo el mundo. Y aunque la historicidad del viaje de Santiago a España sea más que dudosa, su figura sigue siendo un símbolo importante para muchos españoles. No olvidemos que, durante siglos, «¡Santiago y cierra España!» fue un grito de guerra que resonó en los campos de batalla, encarnando la lucha contra los musulmanes y la defensa de la identidad cristiana. Más tarde, en la época franquista, la expresión adquirió un nuevo significado, asociado a la autarquía y al aislamiento internacional, pero siempre manteniendo esa idea de proteger a España de las amenazas externas. Una muestra más de cómo la historia y los símbolos se reinterpretan con el paso del tiempo, adaptándose a las circunstancias de cada época. Y quizás ahora, con las oleadas de inmigrantes que llegan a España, la defensa de la identidad española requiera un nuevo «Santiago» que «cierre España», aunque esta vez la batalla no se libre con espadas.
23.4. El legado de Alfonso II
Tras la muerte de Alfonso II en el año 842, el reino de Asturias había experimentado una notable expansión territorial. Gracias a la «presura» y al esfuerzo de aquellos colonos que se aventuraban hacia el este, se habían consolidado nuevas zonas en la Bardulia, el Valle de Mena y las tierras de Aguilar, sentando las bases de lo que sería el futuro reino de Castilla. Además, la incorporación de Santiago de Compostela y Lugo había extendido las fronteras hacia el oeste, consolidando el dominio asturiano en Galicia. Alfonso II, con su política de repoblación, defensa y alianzas, había dejado un reino más fuerte y extenso que el que había heredado. Un legado que sus sucesores tendrían que saber aprovechar para seguir impulsando la Reconquista.

Pero Alfonso II no solo dejó un reino más grande y poderoso. También dejó un misterio sin resolver: ¿fue realmente «el Casto», como indica su apodo, o se trata de una exageración de los cronistas? La Crónica Albeldense lo describe como «casto y amante de la justicia», y la Crónica Sebastianense afirma que llevó una vida «casta, sobria e inmaculada».
Sea como fuere, lo cierto es que el rey no tuvo descendencia, lo que puso fin a la dinastía iniciada por Don Pelayo. Su sucesor en el trono fue Ramiro I, descendiente de Pedro de Cantabria, quien iniciaría una nueva etapa en la historia del reino asturiano.
¿Fue el celibato de Alfonso II una decisión personal o una estrategia política? ¿O quizás había algún otro motivo oculto tras su falta de herederos? La historia, como siempre, nos deja con más preguntas que respuestas. ¿Fue su «castidad» una decisión personal, un impedimento físico, una cuestión de orientación sexual, como apuntan algunas teorías más atrevidas, o simplemente una estrategia política? El misterio sigue abierto. Y quizás nunca lo resolvamos.
Pero hay una pregunta que no podemos evitar hacernos: ¿cómo es posible que no se tenga constancia de ninguna relación, siquiera amistad, con mujer alguna durante sus 82 años de vida? Suponiendo que fuera por una decisión de castidad o de centrarse en dirigir el reino, ¿no era una irresponsabilidad no dejar heredero, máxime en aquellas épocas? Señores, aquí hay algo raro que solo se podría explicar si se asume alguna orientación sexual no precisamente aceptada en la época. Pero dejemos las reflexiones sobre la vida privada de Alfonso II para otro momento.
Notas
- 1El término «aceifas» proviene del árabe hispánico «al-ṣayfa», que significa «la campaña estival”.
- 2Alfonso II sabiendo que el moro había elegido el mismo camino de vuelta a Córdoba, por el paso del “Camin Real de la Mesa”, opta por reunir a las suyas en Lutos (Los Lodos), un estrecho desfiladero con un gran lodazal en sus profundidades. Las tropas musulmanas fueron aniquilados por los cristianos; además lograron recuperar el botín arrebatado por aquéllos, en Oviedo.