Amigos, ¿os imagináis a Hacienda reclamando cien jovencitas en vez de la declaración de la renta? Suena a película de terror, ¿verdad? Pues esta es la historia del tributo de las cien doncellas, un supuesto impuesto que el rey Mauregato de Asturias (no, no era un gato, aunque con ese nombre…) pagaba al emir de Córdoba, Abderramán I.
Según cuentan las crónicas cristianas (ojo, que en las musulmanas no aparece ni mú), Mauregato, que llegó al poder de aquella manera (digamos que no fue precisamente en unas elecciones democráticas), prometió entregar cien vírgenes al año a cambio de apoyo militar. ¡Menudo chollo para Abderramán! Y encima, con reparto a domicilio: cincuenta de familia noble y cincuenta plebeyas.

Claro, que la cosa no gustó mucho entre la nobleza asturiana, que veía cómo sus hijas acababan en un harén cordobés. ¡Como para no enfadarse! Las crónicas, con ese dramatismo propio de las telenovelas, nos cuentan cómo algunos nobles se rebelaron contra Mauregato y lo asesinaron. Un final trágico, aunque con un pequeño problemilla: que nunca ocurrió. Mauregato murió tan tranquilo en su cama (o eso dicen).
Lo que sí parece cierto es que este «impuesto» se utilizó para poner a caldo a Mauregato, un rey con mala fama que, precisamente por eso, era un blanco fácil para este tipo de acusaciones. Inventar que entregaba a sus súbditas a cambio de poder era una forma de desprestigiarlo y debilitar su posición. Además, como Mauregato no tuvo descendencia, manchar su nombre no ensuciaba el linaje de futuros reyes, lo que lo convertía en una víctima perfecta para la propaganda política.
Y si creéis que la historia acaba aquí, ¡estáis equivocados! La leyenda de las cien doncellas sigue viva en la fiesta de Las Cantaderas, que se celebra en León el domingo anterior a la festividad de San Froilán (5 de octubre). Durante la fiesta, una comitiva recorre las calles de la ciudad hasta la Catedral, donde se realiza una ofrenda. Lo más curioso es que en la comitiva participan doce mujeres, ¡que representan a las doncellas! Eso sí, tranquilos, que ya no se las llevan a ningún harén. Ahora se dedican a lanzar caramelos y avellanas a los asistentes. ¡Mucho más divertido que acabar en Córdoba, ¿no?
En fin, que con la historia de las cien doncellas tenemos todos los ingredientes para un buen guion de película: intriga, traiciones, amoríos… ¿Quién se anima a rodarla?