20. Un nuevo emir en Córdoba

Ideas Principales

  • La dinastía Omeya es derrocada en Damasco. El joven príncipe Omeya, Adberraman huye y llega a al-Andalus.

  • Al-Andalus es un caos de grupos y facciones enfrentadas.

  • Abderraman con astucia y la fuerza se hace con el poder y es nombrado emir.

Tabla de contenidos

20.1. Caos en Al-Andalus

Mientras Alfonso I, el rey guerrero, consolidaba el Reino de Asturias y lo expandía hacia el sur, al otro lado de la cordillera cantábrica, Al-Andalus se sumía en un caos cada vez más profundo. Las luchas intestinas, las revueltas y la debilidad del poder central habían convertido la península en un auténtico polvorín.

Los gobernadores provinciales (walíes) se enfrentaban entre sí, las ciudades se rebelaban contra el poder central, y las masas populares, cansadas de la inestabilidad y la injusticia, buscaban un nuevo líder que les trajera paz y prosperidad.

En este contexto de incertidumbre, diversos grupos pugnaban por el poder (¿podría ser de otro modo?):

  • Los árabes: Con sus históricos conflictos tribales, se enfrentaban por el control de las mejores tierras y los puestos de gobierno. En vez de hacer más grande el pastel se dedican a luchar por las migajas, y es que no aprendemos.
  • Los bereberes: Los «primos pobres» de los árabes, que habían sido clave en la conquista de la península, pero que se sentían discriminados y relegados a un segundo plano. Sus revueltas fueron una constante en Al-Andalus, y causaron graves problemas a los gobernantes árabes.
  • Los sirios: Enviados por el califa de Damasco para sofocar la revuelta bereber, se establecieron principalmente en la región de Elvira (la actual Granada). Su presencia, aunque necesaria para restablecer el orden, agravó las tensiones entre los diferentes grupos musulmanes.
  • Los muladíes: Los hispanogodos convertidos al Islam buscaban integrarse en la nueva sociedad musulmana, pero su lealtad a los árabes no siempre estaba clara.
  • Los mozárabes: Los cristianos que vivían bajo dominio musulmán se enfrentaban a la discriminación y la presión para convertirse al Islam. Sus revueltas fueron frecuentes, y algunas de ellas fueron reprimidas con gran violencia.
  • Los judíos: La comunidad judía en Al-Andalus experimentaba un periodo de crecimiento y prosperidad, pero también sufrieron episodios de persecución.

20.2. Y más caos en Damasco

Para entender el «culebrón» que se avecina, es necesario que conozcas a los kalbíes y los kaisíes, dos tribus árabes con más rencillas que los Montesco y los Capuleto. Su rivalidad, que venía de lejos, desde la mismísima Península Arábiga, encendió la mecha de numerosos conflictos.

Los kalbíes, provenientes del sur de Arabia, se consideraban la «aristocracia» árabe. Eran los más ricos y poderosos, y ocupaban los puestos más importantes en la administración y el ejército. Los kaisíes, en cambio, provenían del norte de Arabia, camelleros y nómadas, se sentían marginados por los kalbíes. Eran más numerosos, pero menos ricos y poderosos. Se les consideraba guerreros valientes y leales, pero también rebeldes e incontrolables. Vamos que hoy en día los primeros serían la casta y los otros la plebe, para entendernos. Es la historia de siempre, la eterna lucha por mantenerse en el poder o para acceder a él.

Para colmo, en Damasco, la capital del Califato Omeya, se vivía una auténtica tragedia. Los Omeyas, la dinastía que había gobernado el mundo musulmán durante casi un siglo, caía en desgracia, víctima de las intrigas y la ambición de los Abbasíes, liderados por su primer califa, Abu al-Abbas al-Saffah, que derrocaron a los Omeyas y se hicieron con el control del califato.

Abu al-Abbas, conocido como «el Carnicero», no tuvo piedad con los Omeyas. Ordenó el exterminio de toda la familia real, y sus soldados recorrieron el país buscando y asesinando a cualquier miembro de la dinastía que se pusiera a tiro. Incluso los muertos no se libraron de la furia de los abbasíes. Abu al-Abbas ordenó que se profanaran las tumbas de los califas Omeyas, y que sus cuerpos fueran desenterrados y quemados. Era el «damnatio memoriae» en versión medieval, un intento de borrar cualquier rastro de la dinastía Omeya de la historia.

En medio de esta matanza, un joven príncipe Omeya logró escapar con vida. Su nombre era Abderramán, y con solo 20 años se vio obligado a huir de su tierra natal, perseguido por los asesinos de su familia. Le acompañaban una esclava bella, inteligente y con carácter, que sería su futura esposa, Umm al-Hakam, su fiel liberado griego, Badr, y su hermano menor, Abd Allah. Pero la tragedia les golpeó de nuevo. Abd Allah murió ahogado en el río Éufrates mientras intentaban escapar de los abbasíes.

Abderramán, con el corazón roto y lleno de sed de venganza, continuó su huida hacia el oeste. Tras un largo y peligroso viaje, llegó al norte de África, donde encontró refugio entre las tribus bereberes. Allí, comenzó a planear su regreso a Al-Ándalus, donde esperaba recuperar el poder perdido y vengar la muerte de su familia.

Los abbasíes, mientras tanto, se habían hecho con el control del Califato Omeya y habían establecido su capital en Bagdad.

20.3. El desembarco del Águila

Tras cinco años de exilio, Abderramán finalmente se decidió a cruzar el Estrecho y reclamar su destino. En septiembre del año 755, con un pequeño grupo de seguidores y la bendición de las tribus bereberes que le habían dado refugio, desembarcó en Almuñécar, en la costa de Al-Ándalus.

El emir de Al-Ándalus en aquel momento era Yusuf al-Fihri, un hombre débil e indeciso que no había logrado controlar la situación de caos en la península.

Y para ganarse voluntades en Al-Andalus, Abderramán no dudó en utilizar todas las armas a su alcance. Prometió a los descontentos kaisíes un trato justo y un papel destacado en el gobierno, mientras que a los nobles y jefes militares les ofreció riquezas y tierras a cambio de su apoyo. A los musulmanes en general, les prometió un gobierno justo y prospero, que pondría fin a las luchas internas y traería la paz y la estabilidad a la península. Y para reforzar su legitimidad, se presentó como el auténtico heredero del Califato Omeya y el defensor del Islam suní.

Con esta combinación de astucia, propaganda y promesas (la mayor parte de las veces incumplidas), Abderramán se preparaba para conquistar Al-Ándalus, que, por cierto, era como los musulmanes denominaban a la zona de la Península Ibérica que controlaban, en oposición al territorio controlado por los cristianos, que denominaban como Isbaniya (Hispania).

La primera gran batalla, conocida como la batalla de Alhaquime, se produjo en mayo de 756, en las cercanías de Córdoba. Abderramán, al mando de un ejército formado por bereberes y árabes kaisíes, se enfrentó a las tropas de Yusuf, que contaban con el apoyo de los kalbíes y algunos contingentes sirios. La batalla fue larga y sangrienta, pero finalmente Abderramán logró la victoria, gracias a su habilidad táctica y al valor de sus tropas.

Yusuf al-Fihri huyó hacia el norte, pero fue perseguido y derrotado de nuevo en la batalla de Musarah, cerca de Toledo. Tras esta nueva derrota, Yusuf se vio obligado a reconocer la autoridad de Abderramán y a renunciar al emirato.

Abderramán entró triunfante en Córdoba y se proclamó emir de Al-Ándalus. Con solo 25 años, había logrado lo que parecía imposible: recuperar el poder perdido por su familia y fundar una nueva dinastía en la Península Ibérica.