Atanagildo ascendió al trono visigodo en un periodo de profunda inestabilidad. La muerte de Teudiselo en el 549 d.C. desencadenó una crisis sucesoria que sumió al reino en una guerra civil. Agila I, el sucesor designado, se enfrentó a la oposición de Atanagildo, quien contaba con el apoyo de una facción importante de la nobleza visigoda.
En este contexto de conflicto interno, Atanagildo buscó el apoyo del Imperio Bizantino, que veía en la inestabilidad visigoda una oportunidad para recuperar parte de sus antiguos territorios en la Península Ibérica. La alianza con los bizantinos resultó decisiva para la victoria de Atanagildo, quien derrotó a Agila I y se proclamó rey en el 554 d.C.
Sin embargo, la ayuda bizantina tuvo un precio. Atanagildo se vio obligado a cederles una franja costera en el sur y sureste de la península. A pesar de esta concesión, Atanagildo demostró ser un líder capaz y consolidó el reino visigodo en Hispania.

Uno de sus actos más trascendentales fue el traslado de la corte a Toledo. Esta decisión convirtió a la ciudad en el centro político y administrativo del reino, y sentó las bases para su posterior desarrollo como capital de España. La elección de Toledo respondía a varios factores estratégicos: su posición central en la península, su fácil defensa y su importancia como centro de comunicaciones.
Durante su reinado, Atanagildo se enfrentó a diversos desafíos. Además de la amenaza bizantina, tuvo que lidiar con las incursiones de los francos en el norte y con las revueltas de algunos nobles visigodos. A pesar de estas dificultades, logró mantener la unidad del reino y asegurar sus fronteras.
En el ámbito religioso, Atanagildo mostró una actitud más tolerante que sus predecesores. Si bien mantuvo el arrianismo como religión oficial del reino, permitió la libertad de culto a los católicos. Esta política contribuyó a la convivencia pacífica entre las diferentes comunidades religiosas.
Atanagildo contrajo matrimonio con Goswinta, quien tras la muerte del rey, se casaría con Leovigildo, sucesor de Atanagildo en el trono visigodo. Fruto de este primer matrimonio, nacieron dos hijas, Brunilda y Galswinta, quienes con el tiempo se casarían con reyes francos, estableciendo así importantes lazos con la monarquía franca.
Atanagildo falleció en Toledo en el 567 d.C., tras un reinado de trece años. Su legado fue fundamental para la historia del reino visigodo. Consolidó el poder visigodo en Hispania, estableció la capital en Toledo y sentó las bases para una etapa de esplendor cultural. Su figura, aunque a menudo eclipsada por la de Leovigildo, merece un lugar destacado en la historia de España.