16.1. El Liber Iudiciorum
En el siglo VII, en plena época visigoda, el rey Recesvinto, harto seguramente de follones y líos legales, decidió poner orden en el reino y promulgó el Liber Iudiciorum, también conocido como Fuero Juzgo. Imaginaos la que se habría liado con los visigodos, que traían sus leyes germánicas basadas en la costumbre, y los hispanorromanos, que seguían con el derecho romano escrito. ¡Menudo cacao!
Este código, que se difundió en el año 654 d.C., pretendía unificar ambos sistemas legales, y aunque se basaba principalmente en el derecho romano, también incluía elementos del derecho germánico y de la tradición visigoda. Vamos, que era como una especie de «cóctel legal» con ingredientes de aquí y de allá.
Y como en todo cóctel, había de todo un poco. Algunas de sus leyes nos pueden parecer hoy en día un poco «anticuadas», como las que castigaban el adulterio con la lapidación (¡a ver quién se atreve a poner los cuernos ahora!) o la brujería (¡que no se enteren las vecinas cotillas!). Pero ojo, que también había algunas bastante progresistas para la época, como las que protegían la propiedad privada (¡mis cosas son mías!) y los derechos de la mujer, que podía heredar e incluso divorciarse (¡toma ya, empoderamiento femenino!).1La ley 3.5.4 del Liber iudiciorum tiene el título “De los actos deshonestos entre hombres”, y del texto se desprende una fuerte repulsión hacia la homosexualidad masculina, porque califica el sexo entre hombres como “detestable”, “horrendo” o “infame”. Además, se consideraba que era un acto ilícito y que como castigo a aquellos que practicaran el sexo entre hombres se les castraba, es decir, se les cortaba las pelotas, y además debían cumplir una dura penitencia bajo la supervisión del obispo de la región.
Lo curioso es que este código legal estuvo en vigor durante siglos, incluso después de la conquista musulmana de la península. ¡Menuda resistencia! De hecho, en algunas zonas de España, como Cataluña, se siguió aplicando hasta el siglo XVIII. ¡Casi nada!
Para evitar que la gente se pasara el día en los tribunales, el Liber Iudiciorum establecía que los juicios llevados a cabo bajo otros códigos no podían ser reabiertos. ¡Se acabó el marear la perdiz! Y si algún pleito no estaba previsto en el código, se debía remitir al rey, que podía modificarlo o ampliarlo a su antojo. Vamos, que el rey era como el «superjuez» de la época.
Y aquí viene lo más interesante: no hubo oposición conocida entre los hispanorromanos a la aplicación de este nuevo código. ¿Por qué? Pues a lo mejor estaban cansados de la confusión legal de la época y querían un poco de orden. O a lo mejor, y esto es solo una teoría mía, el código no estaba destinado a las clases inferiores, que seguían resolviendo sus conflictos con la intervención de los obispos. ¡Los curas siempre han sido unos buenos mediadores! Al fin y al cabo, tienen línea directa con la Divinidad para que les asesoren…
16.2. Sabios y Santos
Vale, ya sabemos que los visigodos eran guerreros y legisladores, pero también tenían sus intelectuales y sabios. Y no solo me refiero a San Isidoro de Sevilla, aunque este obispo era un crack. ¡Escribió la primera enciclopedia de la historia, las Etimologías! Un auténtico Google en pergamino, con información sobre todo lo divino y lo humano. ¡Casi nada!
San Isidoro fue un personaje clave en la Hispania visigoda. No solo por su labor como obispo de Sevilla durante casi tres décadas, ni por su papel en los Concilios de Toledo, sino también por su reconocimiento de los visigodos como los legítimos sucesores de los romanos en Hispania. Y sí, mantuvo buenas relaciones con los monarcas visigodos, como era habitual en la época. ¡La Iglesia y la realeza siempre han ido de la mano!
Pero no podemos olvidarnos de otros intelectuales de la época, como el poeta Eugenio de Toledo, que nos dejó versos de amor y de crítica social, o el cronista Juan de Biclaro, que narró los acontecimientos de su tiempo con una precisión que ya quisieran muchos historiadores modernos.
Y sobre los escritos de San Isidoro sobre España, ¡qué decir! Un auténtico alegato patriótico que aún hoy nos emociona. «Eres, oh España, la más hermosa de todas las tierras que se extienden del Occidente a la India…», escribió San Isidoro. ¡Menudo piropo! Y no se quedó ahí, también alabó la fertilidad de la tierra, la abundancia de recursos y la valentía de sus gentes.
Fue una época de transición y de mezcla de culturas, en la que se sentaron las bases de la España que conocemos hoy.
16.3. Señores y vasallos: el nuevo orden social
La caída del Imperio Romano sumió a Hispania en una profunda crisis. La ley y el orden desaparecieron, dejando a la población a merced de bandidos y señores de la guerra. En este contexto de inseguridad y violencia, muchos buscaron la protección de los más poderosos, los potentiores. Así surgió el vasallaje, un sistema en el que los más débiles, los humiliores, se comprometían a servir a un señor a cambio de protección y sustento.
A cambio de fidelidad, trabajo en el campo o servicio militar, los vasallos recibían un trozo de tierra para cultivar y la promesa de que el señor les defendería. Sin embargo, este sistema generó una sociedad profundamente desigual, donde los potentiores acumulaban cada vez más poder y riqueza, mientras que los humiliores veían su libertad limitada y sus derechos recortados.
Pero no solo los señores ejercían su poder sobre la población. La Iglesia, con su enorme influencia, también imponía sus exigencias. Las normas religiosas, a menudo muy restrictivas, regulaban aspectos importantes de la vida cotidiana. Por ejemplo, se prohibían las obras de teatro (¡adiós a la diversión!), los juegos circenses (¡ni pensar en un poco de emoción!) e incluso cantar y bailar (¡menuda tristeza!). Y eso sin contar con las restricciones a las relaciones sexuales (¡un auténtico corsé para los pobres campesinos!). Hay que tener en cuenta que la vida en las ciudades había casi desaparecido y el campo era el centro de la vida social.
En definitiva, la sociedad visigoda se caracterizó por una profunda jerarquización y una fuerte influencia de la Iglesia. Un panorama que, con sus particularidades, anticipaba algunos rasgos de la sociedad feudal que se desarrollaría en siglos posteriores.
Notas
- 1La ley 3.5.4 del Liber iudiciorum tiene el título “De los actos deshonestos entre hombres”, y del texto se desprende una fuerte repulsión hacia la homosexualidad masculina, porque califica el sexo entre hombres como “detestable”, “horrendo” o “infame”. Además, se consideraba que era un acto ilícito y que como castigo a aquellos que practicaran el sexo entre hombres se les castraba, es decir, se les cortaba las pelotas, y además debían cumplir una dura penitencia bajo la supervisión del obispo de la región.

