14.1. La caída del Imperio
¡Ay, Roma! Esa ciudad que un día fue la capital del mundo, con sus emperadores, sus legiones y sus conquistas. Pero como todo en la vida, nada dura para siempre. Y el Imperio Romano, que parecía invencible, empezó a desmoronarse poco a poco, como un castillo de naipes.
¿Y por qué este declive? Las razones son múltiples. Por un lado el Imperio se había hecho demasiado grande, como un gigante con pies de barro. Controlar tantas provincias, con culturas y lenguas diferentes, era una tarea titánica. La economía entró en crisis ya que la afluencia de riquezas derivada del expolio y la esclavitud, derivado de las conquistas y expansión del Imperio se había detenido desde la ya lejana época de Trajano y Adriano. Una de las primeras consecuencia fue la devaluación de la moneda romana, que antes contenía metales preciosos, y que fueron progresivamente sustituidos por metales no preciosos, resultado de la carencia de aquellos. Esto generó, como no podía ser de otra forma, una inflación galopante que desestabilizó aún más la economía. Lo que llamamos círculo vicioso.
Por otra parte, la adopción del cristianismo trastocó toda la sociedad romana, en sus valores y costumbres. Un cambio cultural a gran escala, profundo y en poco tiempo, que generó tensiones y conflictos. Estas tensiones se acrecientan por la presión de los pueblos bárbaros, igualmente empujados por otros pueblos de oriente. Los romanos, temiendo que los bárbaros tiraran las puertas abajo, decidieron contratarlos como mercenarios. ¡Papeles para todos! Pero esta estrategia no hizo más que acelerar la desintegración del Imperio. ¡La hora de los bárbaros había llegado!
Permítanme un reflexión en este punto, ¿no les suena esta situación con hechos del presente que afectan a Occidente; las presiones migratorias hacía Europa, la creciente presión del fundamentalismo islámico o el intentos de cambiar los usos y costumbres a golpe de decreto-ley, como las ideologías de género. Parece que no nos queda ningún ingrediente para hacer un guiso histórico.
Pero volviendo a Roma los hechos anteriormente descritos tuvieron su efecto en la paz política y social, los emperadores eran asesinados a diestro y siniestro, por sus propias guardias pretorianas y el Imperio se sumía en un caos continuo.
En fin, que Roma estaba en un proceso de descomposición que se alargó durante un buen periodo de tiempo. No es como nos lo presenta el cuadro de Ulpiano Checa (tan reproducido en los libros de texto del antiguo bachillerato), una avalancha de bárbaros entrando en tropel y a sangre y fuego en una Roma de bellos templos y puras vestales. Fue menos dramático y mucho más dilatado en el tiempo, pero el resultado fue el mismo.
14.2. Suevos, vándalos, alanos… ¡y visigodos!
Con el Imperio Romano hecho trizas, Hispania se convirtió en tierra de nadie. Era como si hubieran puesto un cartel de «Se traspasa península» y todos los pueblos germánicos se hubieran lanzado a la aventura.
Los primeros en llegar fueron los suevos, con sus melenas rubias, probablemente originarios de los países escandinavos. Se instalaron en Gallaecia (actual Galicia). Tras ellos llegaron los vándalos, y se instalaron en la Bética (actual Andalucía). Y no podemos olvidarnos de los alanos, jinetes de las estepas asiáticas, que se instalaron en la Cartaginense (actual Murcia y Cartagena). Pero la historia de estos pueblos en Hispania fue breve, su principal actividad fue el saqueo (que quieren ustedes, sin papeles, sin oficio, ni beneficio y lejos de su tierra natal) y los visigodos, como veremos, los acabaron expulsando. Los suevos se quedaron en Gallaecia, aunque con un territorio reducido. Los vándalos cruzaron el Estrecho de Gibraltar y se establecieron en el norte de África. Y los alanos… bueno, desaparecieron prácticamente de la historia.

Pero, ¿quiénes eran estos visigodos? Eran una rama de los godos, un pueblo germánico que venía del norte de Europa. Tras la batalla de Adrianópolis (378 d.C.), donde derrotaron al ejército romano, se convirtieron en aliados de Roma (federados). A cambio de tierras y protección, los visigodos debían proporcionar soldados al ejército romano. Pero esta alianza no estuvo exenta de tensiones. Los visigodos, liderados por Alarico, se rebelaron en varias ocasiones, exigiendo mejores condiciones. En el año 410 d.C., Alarico saqueó Roma, un acontecimiento que conmocionó al mundo y marcó un punto de inflexión en la relación entre ambos pueblos.
Tras el saqueo de Roma, los visigodos se establecieron en el sur de la Galia, donde fundaron el Reino de Tolosa. Aunque seguían siendo federados de Roma, actuaban con gran independencia y se expandieron por la península ibérica. A mediados del siglo V d.C., el Imperio Romano de Occidente estaba en plena decadencia, y los suevos, vándalos y alanos causaban estragos en Hispania. Roma, incapaz de controlar la situación, pidió ayuda a los visigodos. Estos, liderados por Teodorico II, derrotaron a los otros pueblos germánicos y se quedaron con el control de gran parte de Hispania. Según parece tampoco es que pidieran permiso ni a Roma, ni a los hispanorromanos, claro está.
La expansión de los godos por la Galia chocó con los intereses de los francos, otro pueblo germánico en auge. En el año 507 d.C., los visigodos fueron derrotados por los francos en la batalla de Vouillé, y obligados a replegarse hacia Hispania.
Finalmente, tras un periplo lleno de aventuras y desventuras, los visigodos acabaron estableciéndose definitivamente en Hispania, donde fundaron un nuevo reino con capital en Toledo. Según parece tampoco es que pidieran permiso ni a Roma, que ya no se sabía si había emperador, ni a los hispanorromanos, claro está.
Y mientras tanto, los bizantinos, aprovechando la debilidad del Imperio Romano de Occidente, se establecieron en el sureste de la península. En este caso con la complacencia de los hispanorromanos que, al fin y al cabo, los preferían a los visigodos.
14.3. Cristianismo «a la carta»
Los visigodos, esos rubios grandullones que habían llegado del norte, eran arrianos, mientras que los hispanorromanos asentados en Hispania eran católicos.
¿Y qué era el arrianismo? Pues una doctrina predicada por el obispo Arrio que negaba la divinidad de Cristo a diferencia de la católica. Vamos, que para ellos Jesús era un profeta importante, pero no Dios. Esto les trajo de cabeza a los católicos, que seguían al obispo de Roma (el Papa, para los amigos) y que creían que Jesús era Dios hecho hombre.
Pero bueno, tampoco hay que ser muy duros con los visigodos. Entender el concepto de la Santísima Trinidad, con eso de que tres son uno y uno son tres, no es tarea fácil. ¡Hasta a los teólogos les cuesta explicarlo! Así que no podemos pedirles a los visigodos, que venían de las estepas del norte, que fueran expertos en teología.
Pero claro, las tensiones no tardaron en aparecer. Y es que ya se sabe que entre las religiones monoteístas, y más por aquellas épocas (bueno e incluso en estas, para algunas religiones) no se aceptan ni de lejos ningún tipo distanciamiento de los principios establecidos. Es el fundamentalismo de no aceptar al que disiente de algo. Así que los católicos veían a los arrianos como herejes, ¡peor que paganos! Y los visigodos, que eran los que mandaban, pues tampoco es que se esforzaran mucho en integrarse con la población local.
Lo que sí hay que reconocer es que los visigodos, a pesar de sus diferencias religiosas, lograron un hito importante: hicieron de Hispania el primer reino independiente de la historia. ¡Toma ya! Y aunque su número era reducido en comparación con la población hispanorromana, y aunque establecieron una especie de «apartheid» religioso, sentaron las bases de lo que luego sería España.
Y con esto, terminamos la primera entrada sobre la Hispania visigoda. ¡En la próxima, hablaremos del reino de Toledo y de cómo los visigodos se convirtieron al catolicismo! ¡No os la perdáis!