13.1. ¿Quién manda aquí?
Para entender cómo funcionaba el cotarro en la Hispania romana, primero tenemos que hablar del SPQR, esas siglas que seguro que habéis visto en alguna película de romanos. SPQR significa «Senatus Populusque Romanus», es decir, «El Senado y el Pueblo Romano». ¡Casi nada! Era como decir «en nombre de Roma» o «con la autoridad de Roma».
Y ahora, ¿cómo se organizaba el gobierno en Hispania? Pues Roma, que era muy de dividir y conquistar, dividió la península en provincias. Al principio fueron dos, la Hispania Citerior y la Hispania Ulterior, como ya hemos visto, pero luego, con Augusto, se establecieron tres provincias: la Tarraconense, la Bética y la Lusitania. Y ya en el siglo III d.C., con Diocleciano, se llegó a cinco provincias: Tarraconense, Cartaginense, Bética, Lusitania y Gallaecia. ¡Cada una con su gobernador y su capital!

Los gobernadores eran los representantes del emperador en cada provincia. Normalmente eran ex-pretores o ex-cónsules, y su mandato duraba entre uno y tres años. Eran elegidos por el emperador o por el Senado, dependiendo de si la provincia era imperial o senatorial. Tenían mucho poder: cobraban impuestos, administraban justicia, dirigían el ejército… ¡Eran como los «superjefes» de la época! Y como suele pasar en estos casos, muchos aprovechaban su cargo para enriquecerse a costa del erario público. ¡La corrupción no es un invento moderno! De hecho, se sabe que Julio César, antes de ser emperador, actuó como acusador en un juicio contra Dolabela, un gobernador corrupto. ¡Parece que la justicia romana también funcionaba a veces!
Y ya en el siglo III d.C., con Diocleciano, se llegó a cinco provincias: Tarraconense, Cartaginense, Bética, Lusitania y Gallaecia. ¡Cada una con su gobernador y su capital! Las capitales, como Tarraco, Emerita Augusta o Corduba, eran el centro administrativo y político de cada provincia, y contaban con más privilegios y recursos que el resto de ciudades. Pero no tenían ningún poder sobre las demás ciudades, que se gobernaban de forma autónoma, aunque bajo la supervisión del gobernador.
Pero no todo era política y administración. En la Hispania romana también hubo una revolución religiosa: la llegada del cristianismo. Esta nueva religión, que predicaba la igualdad y el amor al prójimo, se extendió rápidamente por todo el Imperio, desafiando la autoridad del emperador y del panteón romano. ¡Menudo cambio! Y ojo, que no fue Santiago Apóstol el que convirtió a Hispania al cristianismo, como dice la leyenda. Lo más probable es que fueran comerciantes, soldados y viajeros los que trajeron la nueva fe a la península. El cristianismo se organizó en diócesis, con sus obispos y sacerdotes, creando una nueva jerarquía de poder paralela a la del Imperio. ¡Y con el tiempo, el cristianismo se convertiría en la religión oficial de Roma! Pero claro, antes tuvo que enfrentarse al poder del emperador, que se consideraba a sí mismo un dios. ¡Conflicto de poderes a la vista!
13.2. ¡Viva la ciudad!
Los romanos eran muy de ciudad, ya sabéis. Para ellos, la ciudad (civitas) era la base de la civilización. ¡Nada de tribus bárbaras! Y vaya si les gustaban las ciudades. ¡Fundaron un montón de ellas en Hispania!
- Corduba: la actual Córdoba.
- Legio: la actual León. (En realidad, el nombre romano completo era Legio VII Gemina, pero con el tiempo se abrevió a Legio y luego evolucionó a León).
- Hispalis: la actual Sevilla.
- Tarraco: la actual Tarragona.
- Caesaraugusta: la actual Zaragoza.
- Lucus Augusti: la actual Lugo.
- Asturica Augusta: la actual Astorga.
- Emerita Augusta: la actual Mérida. (De emerita, «retirado» o «jubilado» en latín, en referencia a los soldados veteranos que la fundaron).
Y claro, con tantas ciudades nuevas y con tantas oportunidades que ofrecían, la gente empezó a abandonar el campo y a mudarse a la ciudad. ¡Era el éxodo rural en toda regla! ¿Y por qué este afán por la vida urbana? Pues porque las ciudades ofrecían de todo: trabajo, comercio, cultura, ocio… ¡Y «pan y circo»! ¿Quién se iba a quedar en el campo arando la tierra cuando en la ciudad podía disfrutar de teatros, termas y juegos de gladiadores?
Las ciudades romanas estaban muy bien organizadas, con sus calles, sus plazas, sus edificios públicos… ¡Y su propio gobierno! Sí, sí, tenían sus propios «alcaldes» y «concejales», que se encargaban de administrar la ciudad y de mantener el orden. Los «alcaldes» eran los duunviros, y los «concejales» los ediles. Pero además, existía un consejo de ciudadanos ricos e influyentes, los decuriones, que actuaban como un senado local. Los duunviros y ediles eran elegidos por los ciudadanos, mientras que los decuriones accedían al cargo por su riqueza o estatus social. ¡Democracia romana en acción! (bueno, con matices…).
Y como en la política actual, los candidatos a duunviros y ediles hacían campaña para conseguir votos. ¡Y se gastaban su propio dinero en ello! Prometían mejoras para la ciudad, organizaban juegos y espectáculos… ¡Todo para ganarse el favor del pueblo! ¡Qué tiempos aquellos, cuando los políticos no se financiaban con dinero público!
Pero lo que realmente hacía especial a una ciudad romana era su diseño. Todas se construían alrededor de una plaza central, el foro, donde se encontraban los principales edificios públicos: la basílica (para asuntos legales y comerciales), la curia (donde se reunía el senado local), el templo (dedicado a los dioses romanos) y, por supuesto, el mercado. ¡El foro era el centro neurálgico de la ciudad, como la plaza mayor de nuestros pueblos!
Además del foro, las ciudades romanas solían tener otros edificios públicos importantes, como el teatro, el anfiteatro, el circo y las termas. El teatro romano, como el de Mérida, era un lugar de encuentro para disfrutar de obras de teatro y espectáculos musicales. El anfiteatro, como el de Itálica, era donde se celebraban las luchas de gladiadores y otros espectáculos sangrientos. El circo, con su circuito ovalado, era el escenario de las carreras de cuadrigas, ¡un deporte que apasionaba a los romanos!
Y no podemos olvidarnos de las termas, los baños públicos romanos. Eran mucho más que un lugar para lavarse. Las termas eran el «casino social» de la época, donde la gente se reunía para charlar, hacer negocios, cotillear… Contaban con varias estancias: el apodyterium (vestuario), el frigidarium (sala fría), el tepidarium (sala templada), el caldarium(sala caliente) y el sudatorium (sauna). ¡Un auténtico spa romano!
Y hablando de baños, los romanos eran unos auténticos maestros en el arte de la ingeniería hidráulica. Construyeron acueductos para abastecer de agua a las ciudades, y en las casas más pudientes instalaron sistemas de canalización de agua caliente, muy similares a los ahora supuestamente muy modernos suelos radiantes. Además, construyeron alcantarillas para evacuar las aguas residuales. ¡Menudos cracks!
Y hablando de dinero público, ¿sabíais que los romanos ya tenían campos comunales? Pues sí, eran terrenos de propiedad pública que se usaban para pastos, cultivos o simplemente para el disfrute de los ciudadanos. ¡Un antecedente de los parques y jardines de hoy en día!

Pero no todo era política y vida pública en las ciudades romanas. También estaba la vida privada, que se desarrollaba en las domus, las casas romanas. Las domus, las casas de los ricos, eran espaciosas, con un patio central alrededor del cual se distribuían las distintas estancias. Contaban con patios interiores, mosaicos, frescos… ¡Un lujo! Eso sí, en muebles eran bastante parcos. ¡Nada de sofás ni sillones! Y curiosamente, la estructura de la domus romana, con ese patio central que servía como regulador térmico, es la que ha perdurado en muchas casas andaluzas.
¡Que algunos dicen que son de influencia árabe, cuando los árabes lo que hicieron fue copiar a los romanos! Y no podemos olvidarnos del triclinium, el comedor romano, donde se celebraban los banquetes. Su nombre viene del griego, y significa «tres camas», ya que los romanos comían tumbados en camas o divanes. ¡Qué comodidad!
Pero claro, no todos vivían en domus. La mayoría de la población urbana se hacinaba en insulae, unos bloques de viviendas de varias plantas, que no eran precisamente un modelo de comodidad. Eran propensas a incendios, derrumbes y filtraciones. ¡Vamos, como los pisos de alquiler de hoy en día!
Y para terminar, un detalle curioso: en la época de decadencia del Imperio, la élite romana empezó a abandonar las ciudades y a construir villas en el campo. Esta tendencia se debió principalmente a la creciente inseguridad, las crisis económicas, las invasiones bárbaras y las pandemias que asolaron el Imperio, haciendo de las ciudades un lugar menos seguro y atractivo. Además, claro está, a las élites siempre les ha gustado vivir alejados del mundanal ruido y de las clases menos favorecidas, disfrutando de sus rentas en la tranquilidad del campo. ¡Al final, todos quieren vivir en una mansión con piscina!
13.3. Luces y sombras de la romanización
Los romanos nos dejaron un legado cultural impresionante, con grandes avances en lengua, derecho e ingeniería. Pero también se dedicaron a explotar los recursos naturales de Hispania a lo bestia. Minas, canteras, bosques… ¡Todo valía para alimentar la maquinaria del Imperio! El caso de Las Médulas, en León, es un ejemplo paradigmático de la minería romana y su impacto en el paisaje. Para extraer el oro, los romanos no dudaron en canalizar ríos enteros y excavar kilómetros de galerías subterráneas. Utilizaban una técnica llamada «ruina montium», que consistía en inundar las galerías para provocar el derrumbe de las montañas. Luego, transportaban los escombros a los lavaderos, donde cribada la tierra en busca del preciado metal. ¡Un desastre ecológico en toda regla! Y lo más curioso es que ahora está designado como Patrimonio de la Humanidad. ¡Cosas de la historia!
Y hablando de barbaridades, no podemos olvidarnos de la esclavitud. Miles y miles de esclavos trabajaban en las minas, los campos y las casas de los romanos. ¡Un auténtico ejército de mano de obra barata! Y aunque no todos los esclavos eran hispanos (muchos eran traídos de otras partes del Imperio), la esclavitud era una realidad cotidiana en la Hispania romana. Parecido a la dispersión de presos que se dice en la actualidad.
Claro que la esclavitud en Roma no era exactamente igual que la que conocemos hoy en día. Los esclavos romanos tenían algunos derechos (pocos, pero algo es algo) y podían incluso comprar su libertad y convertirse en libertos. ¡Un pequeño rayo de esperanza en un sistema brutal!
Y hablando de clases sociales, la sociedad romana era como una pirámide, pero con muchos más escalones de los que podríamos pensar. En la cúspide estaban los patricios, las familias más antiguas y poderosas de Roma, los auténticos «aristócratas» de la época. Por debajo de ellos, estaban los plebeyos, que eran la mayoría de los ciudadanos romanos, pero con menos privilegios. Luego venían los peregrinos, habitantes de territorios conquistados que mantenían cierta autonomía, pero que estaban sometidos a Roma. También estaban los clientes, ciudadanos libres que dependían de un patricio a cambio de protección. Y no podemos olvidarnos de los libertos, antiguos esclavos que habían conseguido la libertad, pero que seguían teniendo una posición social inferior. Y en la base de la pirámide, los esclavos, sin ningún derecho ni libertad. ¡Un sistema desigual y jerárquico! Y para complicar aún más las cosas, esta pirámide social no fue estática, sino que evolucionó a lo largo del tiempo. Al principio, el nacimiento era lo que determinaba tu posición social, pero con el tiempo, la riqueza empezó a ganar importancia. Los plebeyos ricos podían ascender socialmente y acceder a cargos públicos, como los senadores o los equites. Y los libertos, aunque seguían teniendo una posición social inferior, podían llegar a ser muy ricos e influyentes. Y fuera de esta pirámide, estaban los bárbaros, todos los pueblos que no pertenecían al Imperio Romano. ¡Menudo lío!
Por cierto, dentro de los esclavos, había que distinguir entre los esclavos de los romanos y los esclavos del Estado. Estos últimos, que trabajaban en minas, canteras o en la administración, no tenían ninguna posibilidad de escapar de la esclavitud en vida. ¡Una condena perpetua!
Y hablando de esclavos, ¿sabíais que los hispanos no fueron ciudadanos romanos desde el principio? Tuvieron que esperar hasta el año 212 d.C., cuando el emperador Caracalla concedió la ciudadanía a todos los habitantes libres del Imperio. ¡Menudo cambio!
Y para terminar, un detalle curioso: la expansión del cristianismo en Hispania se vio favorecida por la presencia de tantos esclavos. El cristianismo, con su mensaje de igualdad y esperanza, caló hondo entre los más desfavorecidos, que veían en la nueva religión una promesa de liberación. ¡Un pequeño consuelo en un mundo injusto!
En fin, que la romanización de Hispania tuvo luces y sombras. Nos trajo avances y progreso, pero también explotación y esclavitud. ¡Una historia compleja y contradictoria, como la vida misma!
13.4. De Hispania a Roma
Al principio, la aportación de Hispania a Roma se limitaba a guerreros y artistas. Los honderos baleares eran famosos por su puntería, y las «alegres gaditanas» por sus espectáculos. ¡Menudo talento! Talento que, sin duda, es fruto de las tantas y tantas penurias que han padecido nuestros antepasados, y que han tenido que sortear con ingenio. Un legado que sus herederos hemos recogido en buena parte.
Pero con la romanización, los hispanorromanos demostraron su valía en muchos otros campos.
Un buen ejemplo es el auriga lusitano Scorpus, un auténtico ídolo de las carreras de cuadrigas. Ganó miles de carreras y amasó una fortuna inmensa. ¡Un Fernando Alonso de la época!

En el ámbito intelectual, Hispania dio grandes figuras como Séneca, el filósofo estoico. Nacido en Corduba, fue tutor y consejero del emperador Nerón. Sus obras, como las «Cartas morales a Lucilio» o los «Diálogos», son un tesoro de sabiduría y reflexión. «No es pobre el que tiene poco, sino el que mucho desea», escribió Séneca. Su filosofía, el estoicismo, buscaba la felicidad a través de la razón, la virtud y la aceptación del destino. ¡Un auténtico maestro del estoicismo!
Otro hispano ilustre fue Marcial, el ingenioso poeta epigramático. Nacido en Bílbilis (Calatayud), se trasladó a Roma, donde se hizo famoso por sus epigramas, breves poemas satíricos que retrataban la vida cotidiana de la capital del Imperio. ¡Un cronista de la sociedad romana con mucho humor!
Y en el campo de la religión, no podemos olvidarnos de Osio de Córdoba, un obispo que jugó un papel clave en el Concilio de Nicea, donde se definió el dogma de la Santísima Trinidad. ¡Un auténtico peso pesado de la Iglesia primitiva! Y no olvidemos el Concilio de Ilíberis (Granada), celebrado alrededor del año 300 d.C., que nos da mucha información sobre la vida social y religiosa de la Hispania romana.

Y para rematar, los emperadores Trajano y Adriano, dos hispanos que llevaron al Imperio Romano a su máxima extensión. La elección de Trajano como emperador fue un hito histórico que marcó el auge de la influencia hispana en Roma. Se estima que en aquella época, entre un 10% y un 15% de los senadores romanos eran de origen hispano. ¡Casi nada! Trajano, nacido en Itálica (Santiponce), fue un gran conquistador y un administrador eficiente. Un militar brillante, mucho más que el Gladiator de la película. Su columna en Roma es un monumento impresionante que narra sus victorias militares. Adriano, nacido en Itálica o en Roma (según las fuentes), fue un emperador culto y viajero, que recorrió todo el Imperio y dejó su huella en numerosas obras públicas. ¡Dos emperadores de lujo para Hispania!
Y sí, hubo otros emperadores de origen hispano, como Teodosio I el Grande, que hizo del cristianismo la religión oficial del Imperio. ¡Casi nada!
En definitiva, los hispanorromanos dejaron su huella en la historia de Roma. Guerreros, artistas, intelectuales, emperadores… ¡Hispania aportó talento de sobra al Imperio!

