12.1. De enemigos a vecinos
¡Ah, los romanos! Esos tipos que llegaron a Hispania con sus legiones, sus togas y sus aires de grandeza. Después de siglos dando la lata con sus guerras y conquistas, por fin se quedaron a vivir entre nosotros. ¿Os imagináis que después de siglos de guerras, vuestros enemigos se convierten en vuestros vecinos? Pues eso es lo que pasó en Hispania con los romanos.
Pero no os penséis que fue un camino de rosas. Al principio, los hispanos no estaban muy por la labor de hacerse amigos de los romanos, entre otras cosas cientos de miles fueron esclavizados. Pero claro, con el tiempo, las cosas se fueron calmando y la convivencia se hizo inevitable.
Uno de los primeros pasos en este proceso de «acercamiento» fue la fundación de ciudades. Los romanos eran muy de ciudad «civitas», ya sabéis. Así que empezaron a construir ciudades por toda Hispania, algunas nuevas y otras sobre asentamientos ya existentes. Muchas de estas ciudades eran colonias, donde se instalaban antiguos soldados romanos con sus familias. «¡Tierra, casa y mujer!», debieron de pensar. Y claro, como no había suficientes romanas para todos, muchos se casaron con hispanas. ¡Así se empieza la integración!
Pero la cosa no se quedó solo en las ciudades. Los romanos también empezaron a conceder la ciudadanía romana a algunos hispanos, como premio por su lealtad o por sus servicios al Imperio. ¡Una forma inteligente de ganarse a la gente! Y es que la ciudadanía romana era importante. Te daba derechos políticos, a hacer negocios en todo el Imperio… ¡Casi como tener un pasaporte diplomático!
En fin, que poco a poco, los hispanos y los romanos fueron dejando atrás las rencillas del pasado y empezaron a convivir (más o menos) en paz. Pero esto solo fue el principio. La romanización de Hispania era un proceso largo y complejo, que transformaría la península para siempre.
12.2. La economia de la Hispania romana
Con la llegada de los romanos, Hispania se convirtió en una auténtica máquina de hacer dinero. Olvidaos de la peseta, el euro y el bitcoin, aquí la moneda estrella era el denario romano. Y lo mejor de todo, ¡no se podía devaluar! (Bueno, al principio…). Era de metales preciosos, así que su valor era sólido como una roca. Claro que el ingenio humano es infinito, y cuando el Imperio romano empezó a hacer aguas, los emperadores se dedicaron a sustituir los metales preciosos por otros menos valiosos. ¿Resultado? La primera gran inflación de la historia. ¡Toma ya!
Pero no nos adelantemos. Con los romanos, Hispania entró en una zona económica amplia y próspera, algo así como un «preludio de la Unión Europea», pero sin la burocracia de Bruselas. El comercio floreció como nunca, y los productos hispanos se hicieron famosos en todo el Imperio. ¿Y cómo se transportaban todas esas mercancías? Pues por las famosas calzadas romanas, ¡claro! Las tres principales eran la Vía Augusta, que recorría la costa mediterránea desde los Pirineos hasta Cádiz; la Vía de la Plata, que unía Astorga con Mérida; y la Vía Hercúlea, que conectaba Cádiz con la Vía Augusta. Y claro, todos los caminos llevaban a Roma. Por cierto, ¿sabíais que los romanos tenían un sistema de identificación kilométrica? ¡Como las millas romanas! Cada mil pasos (unos 1480 metros) colocaban un mojón, llamado «miliario», que indicaba la distancia a la ciudad más cercana. Así que ya sabéis, la próxima vez que veáis un mojón en la carretera, pensad en los romanos y su ingenio para la ingeniería.
Hispania exportaba: trigo, vino, aceite, la famosa triada… Y el garum, una especie de salsa elaborada con restos de pescado (tripas, cabezas, espinas…), descompuestos al sol y prensados. ¡No suena muy apetecible, verdad? Pues a los romanos les encantaba. «Sin garum, no hay banquete que valga», decía Marcial. Eso sí, también advertía: «si recibes una tufarada de aliento pestilente – «ecce, garum est»». ¡Parece que el garum no era muy bueno para el aliento! Había calidades, como en el aceite de oliva. El de primera prensada era el más caro y apreciado, claro.
Para transportar el aceite y el garum por mar, se utilizaban unas ánforas especiales, con una forma puntiaguda que permitía anclarlas en la arena del fondo de los barcos. ¡Menuda idea! El vino era más delicado, ya que se podía agriar durante el viaje.
¡Para que os hagáis una idea del volumen del comercio, en Roma existe una colina artificial, el Monte Testaccio, formada por millones de ánforas rotas! Y la mayoría de esas ánforas procedían de Hispania. ¿Os imagináis la cantidad de aceite, vino y garum que se transportaba? Y lo más curioso es que las ánforas no se reutilizaban, sino que se desechaban después de un solo uso. ¡Menuda barbaridad! Claro que en aquella época no se preocupaban mucho por la ecología. Era la época del «usar y tirar», un símbolo de la riqueza y el poderío del Imperio Romano.
… ¡Hasta bailarinas! Sí, sí, las famosas «alegres gaditanas» o «puellae gaditanae» eran muy solicitadas en Roma por sus dotes artísticas. Marcial, el poeta hispano-romano, se deshacía en elogios hacia ellas, aunque con un lenguaje que hoy en día nos podría parecer un poco subido de tono. «Su cuerpo ondulado sensualmente se presta a tan dulce estremecimiento y a tan provocativas actitudes que sacudiría la virtud del casto Hipólito si la viese», escribía.¡Casi nada! Y en otro epigrama, añadía: “contonean sus atractivas caderas y adoptan posturas de increíble lubricidad, pero si se ponen a cantar, sus canciones son tan desvergonzadas que no las osarán repetir ni las desnudas meretrices”. ¡Menudo espectáculo debían ofrecer!
Poco hemos cambiado, más de dos mil años después, y continuamos exportando productos agrícolas y personas de variados talentos.
12.3. ¡Habla latín o muere!
Si querías triunfar en la Hispania romana, tenías que aprender latín sí o sí. Era como el inglés de hoy en día: la lengua franca del comercio, la administración y la cultura. ¡Sin latín, no eras nadie! Si querías hacer negocios, conseguir un buen trabajo o simplemente integrarte en la sociedad romana, tenías que hablar latín, como ahora pasa con el inglés ¡Así de claro!
Los romanos se aseguraron de que el latín llegara a todos los rincones de Hispania. Tanto ellos como los propios hispanos vieron la necesidad de la educación en latín. Los colonos romanos, para educar a sus hijos y consolidar su poder e integrar a los hispanos en el Imperio, y los hispanos, para acceder a mejores oportunidades. Para ello, crearon escuelas, donde los niños hispanos (¡y también los hijos de los colonos romanos!) aprendían a leer y escribir en latín. Pero gracias a eso, el latín se extendió rápidamente por toda la península. Curiosamente, por aquel entonces no había ninguna reivindicación para que los niños recibieran las clases en su idioma nativo, como ahora ocurre en la España autonómica. ¡Qué tiempos aquellos!
Estas escuelas, algunas públicas y otras privadas, se financiaban con fondos públicos o mediante el pago de los alumnos. Tenemos inscripciones y textos de la época que lo demuestran, como la inscripción de «Corduba» que dice: «Con el dinero público se construyó esta escuela para la educación de los niños». ¡Toma ya! Incluso Quintiliano, un retórico hispano-romano, escribió sobre la importancia de la educación pública y la necesidad de que los maestros recibieran un salario digno, igual que los activistas de izquierdas de nuestra época, tan proclives a los público. ¡Un adelantado a su tiempo!
Hoy en día, aunque el latín ya no es la lengua oficial de ningún país, sigue muy presente en nuestras vidas. Muchas palabras que usamos a diario vienen del latín: «senado», «de facto», «currículum», «agenda»… ¡Hasta «internet»! (bueno, esa es más moderna, pero viene del latín «inter» y «rete»). ¡El latín está por todas partes!
Y no solo eso. El latín es la base de las lenguas romances: español, francés, italiano, portugués, rumano… ¡Menos el euskera, claro! Ahí los vascos tienen un motivo de orgullo, y los independentistas un argumento más para reclamar su singularidad. ¡Que no se diga que no les damos contenido para sus reivindicaciones!
Por cierto, ¿sabíais que el latín no tiene nada que ver con el griego? El latín pertenece a la familia de las lenguas indoeuropeas, un grupo enorme que incluye desde el español hasta el hindi, pasando por el ruso, el inglés o el persa. ¡Casi nada!
En fin, que el latín fue una pieza clave en la romanización de Hispania. Y aunque ya no lo hablemos a diario, su legado sigue vivo en nuestras lenguas, en nuestra cultura y en nuestro derecho. ¡Así que ya sabéis, la próxima vez que uséis una palabra como «memoria» o «familia», recordad que estáis hablando un poquito de latín!
Y no solo el latín ha dejado su huella en nuestro idioma. El griego, esa otra lengua clásica, también nos ha legado un buen puñado de palabras, especialmente en el ámbito científico y técnico. «Democracia», «filosofía», «matemáticas», «biología»… ¡Hasta «coronavirus»! Y estas palabras llegaron a Hispania de la mano de los romanos, que las habían adoptado previamente del griego. ¡Los romanos, esos conquistadores de culturas, no solo se apropiaron de territorios, sino también de palabras! Además, muchos esclavos griegos, que eran muy apreciados en Roma, también contribuyeron a la difusión del griego en la sociedad romana. Así que ya veis, el español es una lengua rica y diversa, con influencias de muchas culturas y civilizaciones. ¡Un auténtico crisol lingüístico!

